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domingo, 6 de abril de 2014

1013-1088 DE LA VIRGEN DE LOS TORNOS A LA VIRGEN DE LAS BATALLAS UN RECORRIDO HISTORICO ANTE LA CELEBRACION DE MIL AÑOS DE VINCULO DE UNIÓN TRAVES DE LA HISTORIA ENTRE VELILLA DE JILOCA Y CIUDAD REAL Conferencia del Excelentísimo Señor Don José Liberto López de la Franca y Gallego, Gran-Canciller Presidente del Real Instituto Alfonso XIII, con motivo de la Culminación Solemne de los Actos del I Milenario de la Aparición de Nuestra Señora de los Tornos, Patrona de Velilla de Jiloca (2013-13 DE DICIEMBRE-2013)






1013-1088 DE LA VIRGEN DE LOS TORNOS A LA VIRGEN DE LAS BATALLAS
UN RECORRIDO HISTORICO ANTE LA CELEBRACION DE MIL AÑOS  DE VINCULO DE UNIÓN TRAVES DE LA HISTORIA ENTRE VELILLA DE JILOCA Y CIUDAD REAL
Conferencia del Excelentísimo Señor Don José Liberto López de la Franca y Gallego,
Gran-Canciller Presidente del Real Instituto Alfonso XIII, con motivo de la Culminación Solemne de los Actos del I Milenario de la Aparición de Nuestra Señora de los Tornos, Patrona de Velilla de Jiloca  
(2013-13 DE DICIEMBRE-2013)




Salve estrella del mar
Madre de Dios excelsa
y siempre intacta Virgen
del Cielo feliz puerta.
aquel Ave tomando
que de Gabriel oyeras,
en paz nos establece,
mudando el nombre de Eva.
Desata los pecados,
 alumbra mentes ciegas
aleja nuestros males,
todo bien nos impetra.
Muéstrate que eres Madre,
por ti las preces nuestras
recibe el que, naciendo,





por Madre te eligiera.
Virgen singularísima, entre todas benévola, libres de culpa
danos mansedumbre y pureza.
danos vida sin mancha,
haz segura la senda,
para que, viendo a tu Hijo,
gocemos dicha eterna.
A Dios padre la Gloria,
a Cristo honra suprema,
y al Paráclito Santo igual la gloria sea



Señoras y Señores:
En esta mi V visita a la Noble  Milenaria y Mariana villa de Velilla de Jiloca, vuelvo a postrarme ante Nuestra Señora de los Tornos y Torneos. Vengo en nombre de los viejos tiempos, vengo en nombre de la historia acrisolada de España, de la historia intima de Ciudad Real, vengo en nombre y me acompañan las sombras amigas que desde los cielos se asoman ( ) en esta tarde que será desde hoy para Velilla de Jiloca histórica.  Vienen conmigo los titanes ausentes……………. los venerables historiadores que cantaron con gloria nuestros orígenes, a ellos mi frente se inclina con respeto antes sus nombres y su memoria imperecedera como son aquellos anónimos que la  escribieron pues fueron también sus protagonistas, pasando por quienes con primorosidad trasladaron en trasuntos de los viejos pergaminos conservados en nuestros archivos que ni perecieron por el tiempo, ni por furia satánica antirreligiosa, ni por la desidia de los hombres ni del tiempo.
Non  omnis moriar –no todo moriré- de Horacio. Entraré  con respeto al corazón de usted, a través de esta humilde voz, para ser quien os narre una historia que comenzó hace mil años.




En uno de los últimos días del mes de mayo de año 1013 del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, caminaba un jinete por la risueña vega que fertiliza el rio Jiloca, al trote de un tordo rodado que oprimía con sus robustas rodillas. Su media armadura y el descuido con que cabalgaba eran indicios elocuentes de que no discurría por país enemigo ni se trataba de acudir á ninguna función de guerra habidas por aquellos años. Pues los moros eran dueños de algunas partes del territorio y no hostilizaban a los cristianos establecidos en él lo cual explicaba la actitud pacífica y descuidada del jinete. Era éste el caballero mosén Ramón Floráz, magnate aragonés, gran servidor y privado de Don Sancho el Mayor, rey de Navarra y de Aragón, señor de Castilla.
Volvía de retorno a Pamplona después de haber desempeñado una comisión del monarca en aquella tierra.
Caminaba por un paisaje accidentado, en el que sobresalían algunas colinas, cuyos suaves declives estaban los campos esmaltados, poblados de profundos bosques. Ya había dejado atrás dos lugarejos conocidos por los nombres de Villulas, Vilillas ó Velillas, diminutivo de villa, los cuales venían a formar los vértices de un triangulo, que cerraba una tercera colina, adonde el caballero de dirigía. A la sazón pasaba por delante de la antiquísima ermita de Nuestra Señora de los Tornos ó Torneos, aneja al segundo de los mencionados lugares. Mosén Ramón, como caballero piadoso, levanto su casco  de la frente y se santiguo, sin que el caballo que montara abandonase el trote. No tardó en faldear la colina que formaba el triangulo con las dos villulas de que acabo de explicarles. El terreno iba siendo cada vez más montaraz; formaban les barrancos de ásperas orillas y hendiduras en la tierra,  los arboles unían sus copas formando sombrías bóvedas, y el ramaje levantaban altos helechos que servían de guías entre sus troncos. Por aquella espesura culebreaba una estrecha senda, que era la que seguía el caballero, de tal modo intrincadas y con tan rápidas curvaturas. Era un sitio muy a propósito para una emboscada, pero mosen Ramón no debía abrigar en corazón guerrero temor alguno, pues ya hemos dicho que caminaba sin cuidado. Hacia la derecha, al llegar a cierto sitio, se descubría una especie de calva del terreno o pequeña plazoleta, flanqueada por algunos robles y cerezos silvestres, en medio había una peña, de donde brotaba una fuente natural de cristalina corriente. El ruido del agua hizo relinchar al caballo, que acortó el paso, volviendo la cabeza en aquella dirección pues tenía sed, aflojando Floraz la rienda y el animal se dirigió a satisfacer su necesidad. De pronto, mosén Ramón sintió un brusco movimiento que lo hizo inclinarse sobre la cabeza del caballo, notando al mismo tiempo que este hacia esfuerzos infructuosos para andar sin conseguirlo. Tratando de averiguar la causa vio que al caballo se le había hundido la pata derecha en un hueco del terreno. Procuró aquietarle, porque por efecto de los mismos esfuerzos, era fácil que se le partiese la misma. Después echó pie a tierra y, desenvainando su daga, procuró agrandar el agujero para que el caballo pudiese sacar fácilmente la mano, como en efecto sucedió.
Pero a causa tal vez del terreno o de los golpes  que había dado con su daga, y por estar removida la tierra con las filtraciones de la fuente, desprendióse un gran trozo, formando un rectangular espacio que al pronto apareció negro y obscuro. Aquella circunstancia hizo comprender al





caballero que aquel terreno estaba minado. Su curiosidad  hizo hincar de rodillas asomando el rostro aquel agujero en cuestión. Luego que su vista se acostumbró aquella obscuridad natural  de un subterráneo, pudo darse cuenta de lo que era aquello. A sus ojos apareció una cueva amplia y bien trazada en forma de cripta que parecía haber estado habitada.
La profundidad visual era corta, por lo que el caballero se decidió a penetrar en ella, investigando aquel sitio. Se halló en una bóveda, de contracción natural como de unos seis u ocho pies en cuadro. A la izquierda llamó su atención un tenue resplandor que no era de la luz del día. Además, allí no había ninguna ventana ni resquicio por donde pudiese penetrar. Al mismo tiempo percibió cierta fragancia que no era producida por las flores y hierbas del lugar, nunca había llegado a su olfato un aroma tan agradable y embriagador que, obrando sobre el cerebro, producía cierto bienestar en el individuo. Nuestro caballero experimentó una emoción dulcísima, como si respirase otra atmosfera distinta de la que se respira en la tierra. Saliendo de tal extraño éxtasis, se aproximó hacia la parte de la izquierda, de donde procedía el tenue resplandor.
Allí adherida al muro, había una tosca puerta como la que sirve para cerrar un armario. Curioso de ver lo que se encerraba allí, introdujo la punta de su daga por la unión del cierre haciendo que esta se abriese.  Quedando el caballero yerto. Aquel resplandor, más intenso como el de un gran foco de luz, le deslumbró. Lleno de temor, pues desde luego comprendió que allí se obraba un prodigio sobrenatural, fue aproximándose poco a poco. En el fondo de aquel arca empotrada en el muro, resplandecía una sagrada imagen con reflejos de oro, tenía un hermoso niño entre sus brazos, que parecía sonreír al caballero. Debajo de la peana vio un pergamino amarillento, escrito en latín antiquísimo con caracteres góticos, medio borrado alguno por la humedad y la acción de tiempo. Mosén Ramón se aproximó  al hueco por donde penetraba un rayo de luz del día, y poco práctico en aquel idioma, sólo pudo colegir que aquella sagrada imagen que representaba a la Santísima Virgen había sido depositada allí por sus fieles devotos al ser invadido el país por los árabes, es decir en el 711 de la era de Cristo.
Perplejo quedó aun más el caballero ante aquel prodigio, no sabiendo qué determinación tomar, si dejar la imagen allí o dar parte a la Vilulla, que era el lugar más cercano. Lo primero se oponía a la voluntad de la Virgen; había consentido en que fuera descubierta para recibir de nuevo el culto que antes se le había tributado. Siendo él el instrumento de que se valió
¿Por qué no llevarla en su compañía, haciendo aquel presente a su rey y señor, quien desde luego le tributaria el homenaje debido?
Esto fue lo que decidió después de reflexionarlo muy bien. Se arrodilló ante la divina imagen, hizo una devota oración para que no atribuyese a irreverencia el poner sobre ella sus manos, y sacándola de su nicho sacro, y luego de la gruta, la envolvió en su capa, poniéndola sobre el arzón de su caballo.






Picó enseguida la espuela y prosiguió el venturoso camino con su preciosa carga, comenzando y comenzamos pues la HISTORIA DE LA VIRGEN DE LOS TORNOS y TORNEOS.
“Diz que en Aragón un día,
Disfrutando de licencia,
Por esparcirse, saliose
Mosen Floraz por la selva.
En tal diversión se hallaba
Y en acoso de una fiera
Corriendo montes y valles,
Cuando de Velilla cerca,
Junto a una fuente, el caballo
Entró en el suelo una pierna
Quedó el caballero inmóvil,
Y rápida huyó la cierva,
Y el brindón con grande esfuerzo
Del civanco echose fuera.
Por entre la hundida tierra,
Y vió como de ocho pies
Una bóveda de piedra.
Con la ayuda de su daga
Abrió en el suelo más brecha.
Y penetrando en lo obscuro,
Vió en un testero una puerta.
Ténue luz y gran fragancia
Advierte según se acerca,
Y entre avariento y curioso
Con las tablas forcejea,
Por descubrir el secreto
Que aquel subterráneo encierra,
Hasta que arrancando al cabo
La cerraja por la fuerza
En un altar colocada
Halló una Virgen muy bella
De rodillas el soldado
Atónito cayó al verla,
Embargado sus sentidos
Y su arraigada creencia,
Vivísimos resplandores
Que no sabe quien los presta
Pero que todo el espacio
Con su claridad lo llenan,
Mientras que atónito y mudo
Floraz en silencio reza,
Aspirando los aromas
De jazmines y azucenas