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miércoles, 9 de abril de 2014

INVOCACION AL APOSTOL SANTIAGO. 1934




“Se nubló el sol y se nublaron los hermosos ojos de España”
“Creo en la perpetuidad del sentimiento patrio”
“¡Campanas de las catedrales! ¿Enmudeceréis algún día después de tocar el doble funeral de vuestra propia muerte”

NARCISO DE ESTENAGA Y ECHEVARRIA

Santiago de Compostela, 25 de julio de 1934

A sus cincuenta y cuatro años, monseñor Narciso de Estenaga y Echevarría era un obispo en pleno vigor físico y mental, el más caracterizado del episcopado de la España del 34. Pertenecía el Doctor Estenaga a la raza de hombres laboriosos capaces de llegar a pulso, por constante esfuerzo y ejemplaridad, a la cima de una vocación. Como tantas veces ocurre en la Iglesia, el origen más humilde cimentó en el caso del Obispo-Prior Estenaga una carrera auténticamente brillante en el más limpio sentido de la expresión. Antiguo Deán de la Catedral Primada de Toledo, previo paso sucesivo por los grados de Beneficiado, canónigo, arcediano y deán.
Hombre de ciencia, de elevada reputación intelectual, consagro parte de su juventud y madurez al estudio histórico  de la Catedral Toledana que tenia acabado cuando le sorprendió la guerra civil. Unos tomos era el culmem de su trabaj , además de mas de medio millón de fichas sobre la historia de la Primada de Toledo.
En 1922 fue nombrado Obispo-Prior de las Órdenes Militares Españolas de Santiago, Calatrava, alcántara y Montesa, con sede el la diócesis Prioral de Ciudad Real, por el Papa Pio XI, convirtiéndose en uno de los obispos más jóvenes de Europa.
Su fama de orador traspasó las fronteras, convirtiéndose en modelo de oratoria, no solo sagrada si no también en la civil. Admiradores de su sobrecogedora palabra fueron; Unamuno, Marañon, Ortega y Gasset, García Sanchiz, Menéndez Pidal, Azorin, Baroja, Maeztu, y el mismo Presidente de la República Niceto Alcalá, quien en 1936 encargo en calidad de Presidente de la Real Academia Española, un Elogio fúnebre para Lope de Vega, con motivo del II centenario de su muerte.
En 1934 el Consejo de las Ordenes de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa, encargó a su Obispo-Prior la Invocación al Apóstol, en la Basílica Compostelana para el día de Santiago. En esa intervención el Obispo-Prior de las Órdenes Militares, ya preveía un futuro muy turbio para España, como puede deducirse de sus valientes y emocionantes palabras en su discurso
Querido, admirado, respetado y  profundamente valorado en la Diócesis Priorato de Ciudad Real, comenzada la guerra civil, se le ofertó salvar su vida por distintos cauces, rechazando cualquier oportunidad de abandonar “a su pueblo,  a su grey”, siendo expulsado de su Palacio Prioral, refugiándose junto con su capellán y fiel servidor Rvdo. Julio Melgar, en una casa de unos amigos, siendo ambos asesinados previo martirio a pocos kilómetros de la capital de la Mancha, en un lugar denominado “el Piélago” en la mañana del 22 de agosto de 1936. En aquel agosto sangriento fueron asesinados intelectuales como Federico García Lorca y Blas Infante
Beatificado por Benedicto XVI en 2007, su proceso de Canonización  está abierto en Roma, tan solo a espera de un milagro para su glorificación. Estenaga fue el obispo má jóven de los trece asesinados durante la cruel persecución religiosa habida en España de 1936-1939.
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¡Apóstol Santiago, Padre nuestro en la fe, Hijo del trueno, allegado y preferido de Jesucristo! Aquí, al pie del arca que esconde el tesoro de vuestras reliquias, os trae hoy la ofrenda de la Patria esta Orden gloriosa, renovando más encendidos votos, más férvidas las plegarias, que si nunca ininterrumpidas fueron, en este día gimiendo y suspirando vuelan todos los confines de España, queriendo hallaros y buscando de cerca bendeciros.


 En la virtud de las gloriosas reliquias está la salud de España
            En esta Basílica compostelana se escucha más acentuado el rumor de vuestros pasos en alas de algo impalpable y secular, que se cierne bajo las bóvedas. Sus piedras tienen vida y cuentan al espíritu abierto a todo noble las infinitas hazañas, de que fueron testigos, y nos repiten las santas oraciones, con que la piedad de los pueblos de Europa tejió en siglos pasados su ofrenda sobre estos benditos muros. Basílica compostelana que tienes por puerta la puerta de la Gloria, donde los santos reflejan en su semblante el reposo y dulzura, que gozan en el alto Empíreo. Basílica compostelana, corazón del mundo hispano, roca del cielo, invicto alcázar de la Patria, ciudad de Dios coronado de santos, Jerusalén del Occidente. Tú eres el laurel eterno, que disipas el rayo de la temerosa nube, cuando amenaza a la Patria. Bajo tu nombre y en la virtud de las gloriosas reliquias de nuestro Padre Santiago está la salud de España. Eres la ciudad de refugio, hacia donde tantas veces se ha vuelto en sus deshechas esperanzas el corazón entristecido de nuestro pueblo. Tú tienes y atesoras las lágrimas piadosas, que ha derramado durante siglos.
            El dulcísimo Santo Tomás de Villanueva llama a vuestra fiesta, ¡oh valeroso Santiago!, la Pascua de la Patria, nuestra mayor Pascua. Ella nos recuerda los días amargos de las plagas de Egipto, el paso por el  hosco desierto, la entrada feliz a la tierra de promisión, que fue la cumbre gloriosa, donde vivió España envuelta en claridades, cuando al Señor le plugo coronarla con los rayos del sol hecho esclavo de sus dominios, cuando España sintió ardorosa en el pecho la roja cruz espada de la Catolicidad y luchó por la civilización cristiana en el mundo antiguo y en el nuevo siempre a mayor gloria del Excelso.
            Sobre el arca marmórea de vuestras cenizas gravita la historia patria como un diorama inmenso, que en señal de acatamiento y vasallaje por vuestros favores, aquí como en ningún lado nos muestra sus dos facetas, las amarguras de la honda pena y el alleluia del clamoroso triunfo.

Una mirada retrospectiva a España
Hubo un día muy lejano, en que España fue coronada de punzadoras espinas de vuelta del valle de Josafat, a donde el Todopoderoso, cuando le place, va llamando uno tras uno a los pueblos para discernir sus crímenes de sus virtudes. Una  monarquía gloriosa, la visigoda, la de los Concilios toledanos y los grandes Padres de la Iglesia española se deshizo en un punto como si fuera de humo. Se oscureció el color del oro, la plata se volvió escoria, la tierra quedó yerma y las ciudades desiertas, devoraron nuestras mieses los extraños, la patria gimió en la desolación, de los arados se forjaron las espadas y de las hoces se tejieron los hierros de las lanzas. La mirada altiva del varón fuerte quedóse clavada en tierra por la pesadumbre y la melancolía. Despavorido el corazón, roto el arnés, deshecha la adarga, y herido el pecho de nada servía la espuela, para que el caballo corredor volase más que el viento. Se nubló el sol y se nublaron los hermosos ojos de España de mil trofeos coronada, derritiéndose en lágrimas los nobles corazones de sus hijos. Despojaron sus hombros de la rozagante púrpura y burlescamente de vil bayeta la vistieron. Hecha esclava rodó por el polvo su diadema, y toda su grandeza convirtióse en no más que recuerdos y esperanzas, que habrían de costar en luengos siglos torrentes de sangre, que con purpúreo color tornasolase la amarillez de su tristeza. ¿Habéis escuchado en la soledad el crepitar de ingente peñasco cuando se desgaja de la montaña, con qué estruendo se precipita y con que ímpetu cada vez más acelerado rueda pendiente deshaciendo y desmenuzando cuanto halla en su pavoroso rodar? Pues así corrieron nuestros enemigos al silbido de Dios vengador hollando feroces el amado suelo.
            Pero también España acertó a aplacar humilde el furor de Dios que retiró benigno de sus labios el cáliz del dolor y le dió a beber del de la santa paz. En la hora de la angustia parecía habernos abandonado, pero en la de las grandes misericordias la mano creadora del Altísimo reunió en su diestra las cenizas dispersas de la Patria, las amasó con las lágrimas de sus hijos sopló sobre ellas y al instante en su seno brincó la vida, la vida de toda una época gloriosa, la Reconquista.
            Plugo al Todopoderoso en la XIV centuria ensalzar a dos príncipes, que llevaban en las manos la balanza de la justicia y el abundoso ramo de oliva. Con acelerado paso caminaron ambos hasta la cumbre acompañados de su pueblo, enfrenada la malicia de los turbulentos, premiando a los buenos y recogiendo del aura popular el sueño de siglos, la aniquilación del poder musulmán con el destronamiento de la dinastía de los Nazaritas, que en Granada habían acogido los restos dispersos y maltrechos de pueblos, que vinieron a constituirse en el Occidente como remanso de levantiscas razas, como señuelo de fabulosas riquezas, como paraíso anticipado de aquel que vanas y fingidas promesas aseguran a los defensores del Islam.
            Se proclama la guerra santa, que había de durar doce años. La Orden de Santiago también saltó al palenque y luchó con bravura, multiplicando el Cielo los favores y milagros según confiesan los Reyes Católicos, ahora como siempre por los méritos del bienaventurado Apóstol Santiago, “luz y espejo de las Españas, nuestro Patrón e guiador en la conquista de este Reyno de Granada.”
            Cuando se entregaba en aquella guerra un castillo, ciudad o villa de alguna monta, subían los cristianos a la torre más alta tres banderas y las iban mostrando de modo que primero aparecía la de la Santa Cruz, y el ejército hincado entonces de hinojos rezaba, cada uno según su devoción, mientras los clérigos cantaban el Te Deum. Puestos ya todos en pie, un caballero de nuestra Orden tremolaba en la misma torre el estandarte del  Santo Apóstol y aquella muchedumbre, al verle, comenzaba en confuso griterío a apedillar: “Castilla, Castilla por el Rey Don Fernando y la Reina Doña Isabel.”
            Lo mismo se hizo en la fausta fecha del 2 de enero de 1492 al entregarse la ciudad de Granada. Subieron los cristianos a la torre  de la Vela en la Alambra, no ya con el estandarte de la Santa Cruz, sino con el “lignum Crucis”, que en su cruz guión llevaba delante de sí en aquella guerra el gran cardenal Mendoza, grande por todos los estilos en una época tan príncipe y gloriosa. El estandarte de Santiago lo enarbolaba Don Gutierre de Cárdenas, Comendador Mayor de León, y allá abajo  en los llanos de Armilla el ejército  y los Soberanos aguardaban con ansia la vista de la cruz dorada del Cardenal, la de la Cruz bermeja de la Orden. Ya suenan en señal de alegría los instrumentos de guerra, que ahora son de la victoria... Te Deum... Santiago... Castilla... España. Acaban de fundirse del todo entre gozosas lágrimas los grandes sentimientos de la fe y de la Patria amasados en sangre de ocho centurias a prueba de todas las torturas, de todos los dolores, de todos los vaivenes, de todos los desmayos, de todas las torpezas y de todos los olvidos. Quien quisiera separar al uno del otro, si pudiese lograrlo, que jamás se logrará,  el caro sentimiento de la Patria en algo tan deleznable como cantarilla de alfarero. Pero vive Dios, vive el Apóstol Santiago  y por vida de España eso no es ni podrá  ser jamás sino quimera de ilusos, que sueñan de  espaldas a algo, que está incorporado a nuestra vida nacional de suerte que es para su alma la sangre de su sangre y el hueso de sus huesos.
            ¡Españoles! Venid a Compostela buscando a España, al espíritu que nos dio la  vida, pues en torno a las gloriosas reliquias del Apóstol no se ha perdido a sí misma ni perderse puede España.
            Como los Israelitas al pie de los muros de Jericó vociferaremos también nosotros desde esta atalaya, de las más encumbradas en los horizontes patrios: Santiago, Santiago. Y ante las centurias pasadas y el conjunto de maravillas, de sentimientos y de recuerdos, de grandezas caídas y de grandezas levantadas cantemos aquí vibrantes el credo de la Patria. Creo en Jesucristo, que triunfó glorioso desde el Auseba hasta Granada, donde tiene por presea de su victoria la maravillosa Alhambra, encaje que le labraron cien pueblos de Oriente llegados, sin saber para quien ni lo que hacían, concha a donde por esfuerzo de la Patria vinieron a cuajarse las dos perlas de nuestra fe, Cristo y Santa María su Madre.
            Creo en el Espíritu Santo, dádiva preciosa de los cielos, premio de nuestro heroísmo secular, que llenó de virtudes las almas y de pobladores la Bienaventuranza. Creo en la resurrección de aquellos dos príncipes, los Católicos Reyes Isabel y Fernando, que en una cripta de amor henchida esperan el día de su último e imperecedero triunfo, no sin que mil pueblos y cien mil hijos, que se van renovando según las generaciones se suceden, dejan de estar allí haciendo centinela y guarda en la bajada de aquella cripta bendita. Creo en la vida perdurable de la raza.
            Creo en la perpetuidad del sentimiento patrio, mientras que en los anchos caminos del solar hispano se alcen las catedrales donde los nobles amadores vengan a beber grandezas, que no caen bajo el dominio del tiempo, pues no pasan por estas naves los siglos, a sus puertas se detienen  reverentes. Bajo sus losas yacen los Caballeros de la raza, que se tendieron en la sepultura con palidez, que no era la de la muerte, estaban exsangües, porque su sangre la vertieron por la Patria. Solamente se mostraron avaros de sus lágrimas y las conservan en los ataúdes.  ¡Ay! Cuando a las catedrales las invada la soledad, porque dicen que es mucho gastar los míseros maravedís que en ellas se gastaban, esas lágrimas, las lágrimas de los caballeros,  rezumarán por las losas de las catedrales entristecidas para dar jugo a la verde grama, que nazca entre sus piedras, piadosa compañía que suplirá entonces el abandono de los ingratos. 
            ¡Catedrales de Castilla a cuyo tronco generoso viven enlazadas como hiedra gloriosas ciudades, relicarios oscurecidos de pretéritas grandezas! Si esto sucede, moriréis sin remedio, ¡ciudades de Castilla! Se habrán aniquilado los trofeos, que cien generaciones levantaron en las catedrales, se habrán borrado las grandes páginas, que comienzan en la aurora de la Reconquista, se perderá, si esto llega, el mayor tesoro del patrimonio espiritual de nuestra España amada. ¡Solemnes y pausadas campanas de Compostela con cariño respondidas por vuestras hermanas las de León, Burgos y Toledo, cuyos ecos alcanzáis a los metales vocingleros de la Giralda de Sevilla, que vuelan vagando sobre los mares hasta las torres de las cumbres andinas! ¡Campanas de las catedrales! ¿Enmudeceréis algún día después de tocar el doble funeral de vuestra propia muerte?

¡Santiago y cierra España!
Santiago y cierra España. Que la cierres a tantas víboras ponzoñosas, a quienes no aprovecha el dolor de tardíos desengaños y cuya vida es ansias y desesperación, higueras estériles de pomposas hojas, cizaña que amarillea alborotando a la miés dorada. Santiago  y cierra España dándonos la paz de los Cielos, la paz abundosa, el remedio y nuestro mayor bien, que sería  el que todos viviéramos con un solo corazón forjado en el amor de todos los corazones españoles. ¿Por qué otra cosa? Cuando la Patria lo demanda todos somos soldados para defender nuestra bandera, porque todos somos hijos que defender debemos nuestra madre. Cuando el ara sacrosanta de los altares lo pide y lo exige no ha de haber ni sacerdotes ni soldados, porque somos todos  cristianos, como lo fueron nuestros benditos padres, como siempre lo fue nuestra bendita madre, la Patria española.
            ¡Oh glorioso Apóstol Santiago, luz de España y guiador y amparador nuestro en las seculares luchas contra la morisma! Sal a recibirnos a la puerta del Cielo, cuando como buenos cristianos allí vallamos. Ármanos a la entrada Caballeros de la Bienaventuranza con el espaldarazo sólo debido al varón fuerte, que pelea sin desmayo. Cíñenos la espada, que para nosotros no será ya sino recuerdo de pretéritas hazañas. Dános el estrecho abrazo de amigos y cálzanos las espuelas, aquellas dos grandes alas de la visión bienaventurada y del amor inacabable, con las que hemos de cabalgar por los anchurosos Cielos. Vístenos luego el manto blanco, que no tenga otra mancilla que nuestra sangre vertida en las horas del sacrificio y del dolor, y acaba tu obra, ¡oh glorioso Apóstol!, cercando esta Cruz, que ostentamos sobre nuestro pecho con los laureles que en la bienaventuranza no hiere ni herir puede el rayo de la venganza ni la carcoma de la villanía.
                       

                        NARCISO DE ESTENAGA Y ECHEVARRIA
    OBISPO-PRIOR DE LAS ORDENES MILITARES ESPAÑOLAS


Santiago de Compostela, Invocación al Apóstol Santiago que hizo el Obispo-Prior, el 25 de julio de 1934 en la Basílica de Santiago de Compostela, por encargo del Real Consejo de las Ordenes Militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa.

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