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lunes, 7 de abril de 2014

LA HOROSCOPIA . !LA GRAN ESTAFA AL ALZA EN TIEMPO DE CRISIS!








En su presunto papel de árbitro del universo, el hombre antiguo intentó apriscar los astros como oveja, sobre el telón de fondo de su óptica terrestre. Divinizó a unos, mitificó a otros, y, hasta el alcance de su vista, enjauló a los más en siluetas tan ramplonas, que, aun sabiendo sus nombres y emplazamientos como constelaciones, no logramos imaginarlas en el más diáfano cielo estrellado. Basados es un astrolatría, desde los caldeos hasta los mayas pretendían contar con los rutilantes ejércitos celestes en sus decisiones de trascendencia, y así declaraban guerras injustas como condenaban a inocentes. La propia Roma, vanguardia cultural de aquel viejo mundo, veía en los astros efluvios decisivos para el destino humano, y hasta el egregio Horacio -en una de sus preciosas odas, pulidas a lima- previene a su magnánimo amigo Mecenas contra el influjo del “tremebundo  Escorpión, el más funesto signo en la hora del nacimiento”.
Cierto que en los albores de la ciencia la astrología fue  a la astronomía lo que la alquimia a la química, y no hace mucho todavía algunos monarcas y dictadores se rodeaban de magos y adivinos. Pero hoy, cuando la astronomía descuella como ciencia de futuro ambicioso, su rancia hermanastra sigue anclada en la ciega credulidad de sus adeptos, fomentada hábilmente con el misterioso del mundo sideral. Y mientras la primera sale al cosmos en busca de los astros, la otra, gratuitamente, pretende subsistir sin creer en sí misma, y manejarnos desde el sillón de casa como si los tuviera amaestrados; y baraja ascensos y descensos de Júpiter o de Venus como cambios bursátiles del dólar  o del euro.

 
Zodiacales, o no, las constelaciones son meros grupos de estrellas desde la perspectiva terrestre; pues tal como nos parecen tangentes dos montañas lejanas con amplios vallesintermedios, así entre astros aparentemente vecinos suelen mediar distancias inmensurables. También siguen siendo fuentes horoscopicas los planetas perceptibles a simple vista, soslayándose todavía no solo la influencia de los demás sino la de millones de estrellas y potísimos soles que pueblan los espacios cósmicos. Pero lo más chocante es que tal influjo no estriba en las propiedades físicas del influyente –lo que sería ciencia positiva- sino más bien en atributos mitológicos de su epónimo. Así Júpiter deberá dar grandeza y mando, Marte fuerza y lucha y Venus belleza y placer a sus puestos patrocinados.
La precesión equizonial según la ciencia, va desplazado a la constelación de Aries, clave oficial de las estaciones; la cuña sutil de Ofiuco está invadiendo la Eclíptica entre Escorpión y Sagitari; el equinoccio vernal cae ya más el Piscis  que en Aries; el solsticio estival más que en Gémini que en Cáncer; los signos zodiacales se proyectan ya fuera de sus respectivas  constelaciones homónimas… En fin, que habrá que diseñar nuevas figuras celestes, o añadir más signos zodiacales (y adiós, horóscopos mensuales). O dar de una vez el golpe de gracia a la trasnochada y fatua horoscopia. Porque la más ingenua credulidad vacila cuando dos predicciones del mismo día en sendas revistas son distintas y aun contrarias o al creso  y al inope se les predice por igual la ruina o la fortuna, y al niño y al anciano amores y negocios. Para colofón ni siquiera  el nomenclátor suele ser correcto, ya que peces en latín es PISCES (no Piscis), gemelos se dice GEMINI (no Géminis) y Tauro es TAURUS, y en castellano TORO.
Salta a la vista lo absurdo de dividir la humanidad en doce lotes consortes, dando a cada uno, de más de 600 millones de personas, un futuro idéntico (sin que importe sexo, edad, raza, lugar, oficio, cultura, capacidades físicas, costumbres o circunstancias) cuando ni dos gemelos uniovulares suelen tener la misma vida y suerte. SE replicará que el autentico horóscopo emana de la posición  de los astros (¿Cuántos y cuáles?) en el mismo instante del nacimiento; pero, aparte de que casi nadie podría concretar su momento natal, pues hasta los datos de nuestras de nacimiento en algunos casos son erróneos en horas, día o año. Hoy cualquier obstenetra  tiene en sus manos adelantar o retrasar un parto en horas y aun en días, lo que decidiría fatalmente el futuro del ser naciente. Parece más lógico basarse en el momento preciso de la concepción cuando la nueva célula humana comienza su existencia como individuo; pero eso sería pedir peral al pobre olmo que no puede darnos más provechosa sobra en verano.
Son capa de cultura esotérica, con recuadros de prensa y signos zodiacales va incubándose una epidemia perniciosa.
¿Qué hará el hombre llano que lee una revista: “ojo con tu amor”, o “Cuidado con ese amigo”? Y el indeciso a quien se advierte: “Desecha ese proyecto”, o el pusilánime al que cual se le previene: “Suspende ese viaje” cuando ya tiene el billete en su poder.  El más romo sentido común rechaza sobre plano tales patrañas sin base racional pues ya hace siglos que, al probar Copérnico  que la tierra no es un meollo del universo defenestró radical y estrepitosamente a los astrólogos de por vida. Porque si la meteorología, con instrumental de precisión y observatorios espaciales se equivoca a veces ¿Qué diremos de estos vaticinios caseros, aunque de ambigüedad adaptable a cualquier situación, evento o contingencia? Solo la ignorancia, la soberbia o la osadía humanas revestidas de estafa económica pueden pretender implicar al cosmos en el destino individual de cada menguado inquilino de la tierra.
Tan necia, zafia y peligrosa comercialización del futuro está pidiendo el frenazo moral, intelectual y social , pues bastantes problemas tiene la vida actual para complicarla  aun más con supercherías.  ¿Quién compensará al que inducido por un horóscopo pierde el cariño, la paz, o la fortuna? Claro que si oímos: “Déjame esa revista o ese periódico, o voy a mirar en internet  o a ver la televisión  a Esperanza Gracia a ver qué me pasa hoy o me ocurre mañana” , sabemos que no lo dice un Einstein o un Newton; pero la prensa y la televisión sensata  y deshonesta  -asesora al lector o al telespectador sencillo- en vez de difundirlo, debería negar sus páginas a tan absurdo fatalismo y cerrar sus platós a estafadores telefónicos y vendedores de mentiras, que siembran en la sociedad el miedo y la incertidumbre a los pies de los mismos, que hacen sagrado  e infalible tales garrulerías para abultar así día a día sus cuentas bancarias.  

 
Y cabe preguntar: ¿Si alguien fuera capaz de saber o predecir el futuro –el cual siempre está en movimiento- , necesitaría afianzar el suyo propio en la simplicidad de los ignaros., cuando hay loterías, quinielas, minas de oro, bolsas petrolíferas, galeones sumergidos, especulaciones bursátiles, y tesoros ocultos…?

 
No solo la ciencia, la ética y la lógica, sino hasta tres grandes religiones monoteístas  las condenan tajantemente todas estas prácticas de sortilegios con pasaporte a ninguna parte., o mejor dicho a la propia mala fortuna., de todos estos videntes  y futurólogos, cuyos naipes, dados, bolas de vidrio, aves, vísceras, o estrellas ofrecen menos base probatoria que el empirismo del coprólogo tribal de las selvas más remotas. Nos dicen desde niños que solo  Dios conoce el porvenir, y de mayores comprendemos que únicamente no pueda haber futuro para el Presente Eterno. Pero cualquier caso y como elemental medida de cautela ¿no será más prudente admitirlo así, que hacer el juego a tantos  zahories, mistagogos  y truchimanes como surgen, viven y medran  con ello en nuestro cambalachero mundo actual?

Liberto López de la Franca

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