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miércoles, 9 de abril de 2014

MAGNO DISCURSO RADIADO EL 19 DE MARZO DE 1932



-Discurso recuperado del gran orador Beato Narciso de Estenaga, trascrito meticulosamente recuperado como documento histórico importantisimo. Liberto 

“Algún día y no tardando ha de pronunciar su fallo la historia”

BEATO NARCISO DE ESTENAGA Y ECHEVARRIA
OBISPO-PRIOR DE LAS ORDENES MILITARES ESPAÑOLAS
Ciudad Real, 19 de marzo de 1932

Deberes ineludibles de Nuestro pastoral ministerio Nos impelen a hablaros en estas horas largas, amadísimos hijos del Obispado Priorato. ¿Para qué entristecernos pintando aquí el cuadro punzador, que deja al ánima dolorida? Algún día y no tardando ha de pronunciar su fallo la historia, y mucho antes hará justicia el buen sentido de la Patria siempre noble y generosa, hasta cuando se ilusiona con espejismos y rosadas nubes, que al cabo no logran sus ruidosos goterones ni siquiera matar el polvo sobre los campos de vez en vez más agostados y yermos. Sereno el pensamiento y firme el corazón cuantos para dicha vuestra conserváis arraigada la Fe cristiana de vuestros mayores debéis y debemos todos restañar las llagas con el bálsamo de la caridad y unión fraterna, pidiendo al “Padre de todas las Luces” que vean tantos ciegos, como a obscuras peregrinan sin la lumbre de aquel Sol, que jamás tendrá ocaso.
            La Santa Iglesia, que tan múltiples e inmensos beneficios ha prodigado su vida casi bimilenaria en este suelo amado de la Iberia, hoy parece como una intrusa, a quien se le impone libelo de repudio estrechándola ¿quién sabe hasta dónde? Lejos de Nuestro animo hablaros ahora de los deberes, que os incumben en las presentes circunstancias. Tiempo habrá de irlos recomendando a medida que lo impere la necesidad. Criterio firme y lúcido sobre lo más salientes lo tenéis en la Pastoral colectiva del Episcopado, a cuya lectura y meditación os exhortamos con viveza. Pedidla a vuestros venerables Párrocos y os la darán gustosos. Nos ceñimos aquí sólo a anunciaros la desoladora situación no tanto de pobreza como de miseria, a que se ve reducida la Iglesia Española con sus ministros.
            La Iglesia era en España poderosa todavía hace apenas una centuria. Sus títulos de propiedad se contaban como los más antiguos y sagrados, los más solemnes y aun populares, porque los fabricó y refrendó la voluntad de los pueblos y de muchas generaciones. Todo lo barrió el apetito insaciable en maridaje del rencor ciego. La Iglesia con su patrimonio hizo que florecieran en el suelo hispano las grandes instituciones culturales,  las Universidades famosas, envidia antaño de nuestros émulos, cuyos maestros fueron antorchas del saber humano y todavía ostentan la paternidad del Derecho, que modera entre sí las relaciones de los pueblos civilizados. ¡Universidad española de Salamanca y Alcalá “alma mater” coronada de cien colegios eclesiásticos en aquellas dos insignes ciudades y en otras muchas! Fuiste albergue de una juventud florida, nuestra gala en las letras y las armas, en el foro y en la cátedra, varones fuertes aquellos, que en época la más dichosa llenaron el Orbe.
            ¿Y quien puede contar las instituciones de beneficencia, que amorosamente fundó y protegía la Iglesia? Iba sembrando por doquier hospitales de leprosos, enfermos, ancianos, mudos niños desamparados, dementes, incurables, refugios de huérfanas virtuosas o de víctimas arrastradas a sacrificar la honra a su miseria. Pero cada dolor previno la medicina, el bálsamo para cada llaga.
            ¿Quién ha sido en nuestra Patria el milenario, fecundo e incansable Mecenas del arte? Pasead nuestras Catedrales, los monasterios de la Edad Media, marchaos si os place, aun a la aldea más descarriada, y allí encontrareis flores de arte en los retablos de sus templos. ¿Qué importa la época y el estilo, si al fin son muestras luminosísimas de cómo vibró siempre el alma hispana empapada de la idea y sentimiento cristiano?

            Despojad a nuestra ciencia y literatura de los nombres gloriosos de aquellos poetas y escritores, que se educaron al amparo de la Iglesia, desde Gonzalo de Berceo, si queréis, y el Arcipreste de Hita. Expulsad de nuestras pinacotecas a esos príncipes del divino arte de Apeles el Greco, Velázquez y Murillo con el cortejo antes y después de quienes supieron en lejanos siglos y épocas no lejanas mostrar su ingenio, cuando florecían tablas y lienzos con poemas de luz y de belleza religiosa. Arrancad de las Crónicas de España  las gestas gloriosas de aquel rudo avanzar de las huestes cristianas bajo la cruz de la Victoria o la de Roncesvalles o bien la de Sobrarbe, hasta adueñarse del Mediterráneo y subir a la torre de la Vela, vigía adelantada de la maravillosa Alhambra, también con la cruz, el estandarte de Castilla y el de la Orden de Santiago. Derrocad las Catedrales y los templos, desbaratad los tesoros de sus miniados códices, relicarios sutiles, moldeados hierros, policromados ventanales, aquellas imágenes donde palidece Fidias, y aquellos ornamentos en cuyas sedas quedó vencida la pintura por la maestría del bordador innominado. Raed la historia pegada a los muros de los templos medievales, humillad a los caballeros, que yacen en mármol apretando con mano firme el pomo de la espada, eliminad, en fin, a la Iglesia y a sus espléndidas floraciones ¡y podréis decirme a qué miserable estado se verá reducido entonces el caudal de nuestro patrimonio? Pues bien, la Iglesia hoy ha quedado tan empobrecida que la Señora que dio aliento a gigantes y llevó a cabo empresas vastas, que formaron la constitución interna de la Patria, salvándola cuando tantas veces se vió espantada en la boca del abismo, la Iglesia que regaló a España un nuevo mundo y sus misioneros se lo civilizaron de suerte que son nuestros hermanos de allende el Atlántico su mejor corona, la de rosas sin espinas, hoy la madre más solícita y siempre más amada del pueblo ibero, se ha quedado en la miseria y tiene que alargar su mano pidiéndoos una limosna. ¡Ah Patria, Patria amada! ¿Así pagas a quienes bien te sirvieron?
            Cuando sordos los oídos a las voces de la justicia la mal llamada desamortización puso mano en el Santuario, apenas dejó luego la espesa polvareda que se viera y midiese lo grave del atropello, se obligaron los Gobiernos en compensación a sostener a la Iglesia con un capítulo de los presupuestos en calidad de carga de justicia. Aun que arrebatado su patrimonio, el capital, quedaban suplidos con una renta sus frutos, si bien en proporción mezquina, y esta carga fue reconocida hasta en los periodos más nerviosos del último siglo. Mas ahora ya sabéis, amadísimos Hijos, en qué ha parado todo.
            Es bien cierto que las naciones de Europa caminan buscando con ansia la mayor compenetración de sus ciudadanos, el mutuo respeto, la libertad sana, en una palabra, la “unión sagrada”, lema cuyo logro fue en las horas pavorosas de la gran guerra el anhelo de los pueblos, que aspiraban a la victoria. Tan dolorosa como inexplicable es, por lo mismo, la división de los espíritus, la inquietud de las familias, la humillación inmotivada, el daño sin provecho, cuando de continuo se zahiere lo más hondo y sensible, lo más sagrado, aquello que en muchos parecía muerto, pero estaba no más que dormido.
            Así, pues, amadísimos Hijos, por amor de Dios una limosna. Es deber grave de conciencia para con la Iglesia y lo fue en todos los tiempos. Si hasta hoy no os la ha demandado, es que vivía con modestia y no quiso fatigaros, mas ahora ni eso le queda. Una limosna “para vosotros mismos”. No tenemos aquí, según dice el Apóstol San Juan, ciudad permanente, somos pasajeros y caminamos hacia la casa de nuestro Padre, al Cielo. Pertenecemos a la Iglesia, a la gran familia de los Hijos de Dios, partícipes de los Sacramentos, del Bautismo por que nacemos a la vida sobrenatural, la Confirmación que es como la mayoría de edad del cristiano enriquecido ya con un mar de gracias al descender el Espíritu Santo sobre los confirmados, el perdón de nuestras flaquezas y aun de los crímenes, si sabemos despertar lágrimas de arrepentimiento, la Santa Eucaristía, el cuerpo vivo del mismo Jesucristo hecho alimento de nuestra alma, el Matrimonio santificado en la unión con la esperanza y realidad de frutos del Cielo y para el Cielo, la Extremaunción bálsamo de las heridas del alma, cuando pena y sufre, porque le atormenta el dolorido cuerpo, y el Sacerdocio, la Iglesia, Jesucristo mismo, que por sus ministros enseña la verdad y bautiza y perdona los pecados y consagra su santísimo cuerpo, el cuerpo del Redentor.
            Mataremos  las lámparas ya mortecinas, dejaremos vacíos los Sagrarios, desiertos los templos, mudas las campanas, secas las fuentes bautismales, arrancaremos las cruces y nacerá hierba a las puertas de las Iglesias. Todo esto y mucho más lo ha pregonado el impío. Pero no temáis, amadísimos Hijos, Dios está con nosotros y no permitirá que seamos afligidos más allá de lo que podemos con su gracia, y aun ha de sacar aprovechamiento grande de la prueba. Son palabras de San Pablo a los fieles de Corinto. ¿No lo veis ya? Quien no tenga escamas en los ojos podrá observar como al choque del eslabón han saltado chispas de fe cristiana en muchos corazones, que eran pedernales fríos y esquinados.
            Cristianos, dad una limosna a la Iglesia “para vosotros mismos”, pues la recibiréis al ciento por uno, adelantando aquí el premio, más pronto quizá de lo que esperáis, cuando menos lo penséis. La Iglesia no invoca ahora los grandes títulos, que nadie como ella invocarlos puede, ni tampoco quiere recordar uno de sus mandamientos el de pagarla diezmos primicias, forma que con el transcurso de los tiempos ha desaparecido, aunque permanece inalterable la obligación de contribuir a su mantenimiento. Hoy no señala cantidad, deja al amor de sus hijos fijar hasta donde han de socorrer a la madre, y Ella aureolada con el nimbo del dolor, la que sabe de todas las amarguras y de todos los triunfos, proseguirá su apostolado sobre nuestra Patria, como desde hace mil setecientos años, respondiendo con bien al mal, con amor al odio y al egoísmo con generosidad. Tened un poco de paciencia en el dolor, porque Jesucristo no tardará como desde la barca sobre las ondas revueltas del lago de Tiberiades en imperar a los desatados vientos que enmudezcan y a la bramadora tempestad que se hunda en las aguas con su furia alborotadas.
            Por las entrañas de Nuestro Señor Jesucristo os exhortamos, amadísimos Hijos, a que acojáis benignos las invitaciones personales de vuestros venerables Párrocos, cada uno según lo que pueda. A todos incumbe la obligación, nadie, sea quien quiera, bajo ningún pretexto puede eximirse; ni vale excusarse con que ayudan a cofradías, hermandades u tras instituciones piadosas o de caridad, que ciertamente son laudables, pero no va más allá de ser voluntaria la cooperación, mientras que ahora se trata de un deber estrecho, grave y primerísimo.
El trabajo de todos, a no dudarlo, se verá coronado del éxito más halagüeño, y estemos ciertos que Dios Nuestro Señor nos ha de recompensar con el ciento por uno, pues lo ha prometido y nunca falta a su palabra. Ni tampoco puede la Fe cristiana padecer desmayos en esta noble y fecunda tierra, solar espacioso de tantos caballeros como sacaron de cien combates victoriosa al pecho la roja cruz de Calatrava, enseña la más genuina de la historia, tradiciones y arraigadas creencias de la Mancha, cuyos hijos nunca desmentirán  su abolengo de cristianos, porque nacieron y viven contentos en el famoso Campo de Calatrava, aún teñido de la sangre de los cruzados.

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