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domingo, 6 de abril de 2014

ONOMATOFILIA CASTELLANA EN LA ESPAÑA DE HOY








Desde sus orígenes escritos nuestro idioma se llama castellano, y nadie dice que Mio Cid  o  Calila  estén escritos en español. El Rey Alfonso X El Sabio 1221-1284 ya ordena “fablar e escrebir castellano drecho”. Y en el año del descubrimiento, Nebrija llama castellana la primera gramática escrita de una lengua romance. Al desbordar España los antiguos diques geográficos, también hablaba gallego, vascuence, valenciano, catalán, sefardí, árabe, extremeño y otras lenguas; pero nuestros héroes de cualquier región solo paseaban por el mundo, a la sombra de sus airones, la que juzgaban hechura y propiedad de todos, y unívocamente llamaban castellano.

 

En el siglo XVI, Juan de Valdés, en Nápoles dedica al castellano su Diálogo de Lengua; en el XVII, Mateo Alemán imprime él mismo en México, su Ortografía Castellana, mientras aquí en España son  alumbradas las obras del humanista manchego Bartolomé Ximénez Patón, en su Epitame de Ortografía Castellana, así como Observaciones de la Lengua Castellana; en el XVIII, Forner escribe Exequias de la Lengua Castellana; en el XIX las obras de los filólogos Bello y Cuervo machacan castellano: en el XX, mientras Cejador publica en Nueva York Historia de la Lengua Castellana, Fortoul Hurtado publicó allí también Dificultades de la Dicción Castellana; y así siempre y hasta hoy: castellano. ¿Por qué, pues, y desde qué autor, obra o fecha ha de adoptarse un nombre excluyente de regiones y países que vienen usándolo desde hace siglos?
Nadie llama italiano al latín, que ya hablaba el Lacio cuando  la nación Italia no existía. Y si de las dos lenguas que han venido polarizando el mundo una se llama inglés, por hablarla Inglaterra mucho antes de haber Reino Unido, y otra ruso, por ser muy anterior a la Unión Soviética, el castellano con prioridad de siglos sobre la nación Española, tampoco puede ni debe renunciar a su venerable y magistral nombre. En este apartado aconsejo leer y disfrutar de la colosal obra de mi meritorio, recodado amigo y anciano profesor Enrique Iniesta Coullaut-Valera, titulada: España o las Españas debate con Blas Infante  de la Editorial Comares, Granada 1998. Publicación esta única en su género, y en su calidad histórica y lingüística.
Lo natural es que las lenguas mundiales lleven la impronta de las zonas geográficas que las alumbraron, porque el inglés es ya tan yanqui o australiano como británico, y el castellano tan chileno o mexicano como español. Así lo entienden hablantes, escritores, oradores, y lingüistas de España y de fuera de ella, y –sobre todo para un español- es de mera ética pensar que las otras respetables lenguas de España también son españolas. Si las excluimos del españolismo ¿por qué extrañar que sus hablantes reaccionen excluyéndose de la españolidad?

 

Tertuliando por tierras de la Mancha, por donde Don Quijote recorriera su locura bendita, tierra amada y querida -por ser la patria de mis mayores y el lugar sagrado donde yo nací, viví mi infancia y adolescencia- impugnaba en mi presencia un doctor chileno: “¿Sólo español? ¿Es que mis abuelos hablaban chino?” Y remataba un ilustre catedrático de la “Atenas de América” –así denominaba Miguel de Unamuno a Santa Fe de Bogotá-: “El castellano es tan nuestro como de ustedes, pues también eran antepasados nuestros de aquende y allende el mar de los que lo formaron cultivaron y enriquecieron”. Y tenía razón el chileno y no digamos nada del profesor colombiano. Y lo confirmó Puerto Rico, que después de casi un siglo de imposición idiomática inglesa, otorgó al castellano la exclusividad de la lengua oficial. Brasil va por los mismos pasos. Aquellos jóvenes países presentan hoy valiosas plumas nuevas y desconocidas por los españoles; y es más de admirar su fervor en defensa del idioma común, cuando en algunos de ellos todavía hablan sus lenguas autóctonas millones de individuos.
En tierras de tan diversas ascendencias étnicas, lo de “Madre Patria” no suele ser más que bella expresión de un fino cumplido. La palabra español les pesa como plomo, y en el mejor de los casos se nos llama gallegos a los españoles, sin distinguir si cerramos las oes, escupimos las cetas, abrimos las aes, rajamos las jotas, aspiramos las haches o sorbemos las eses, con nuestras respectivas fonéticas regionales. En los legajos polvorientos de América, tradiciones caseras y consejas populares, español les suena a guerras patrias, odios ancestrales  como por ejemplo el famoso caso de la Gaitana. Vejámenes raciales y hasta suplicios de algún antepasado. Por su libertad lucharon valientemente frente a España, y lógicamente niegan a la lengua de sus padres un nombre que en América evoca para algunos rencores, humillaciones opresión y sangre. Claro que hay americanos tolerantes, ecuánimes y amantes de España, pero suelen ser estos  platónicos o Alonsos Quijanos. Y  cuando vivimos entre ellos se nos mira como a  predadores de sus riquezas y renuentes a sus costumbres, caracteres y opiniones. Y eso nos duele.
Es cierto que en América, se ha conservado intacto y puro el castellano, y es agradable y grato escuchar hablar sobre todo a un colombiano tan universal como García Márquez, con una matización del castellano muy fiel a si misma. No deja de sorprenderme la riqueza de vocabulario, entonación y dicción que aún perdura en Colombia, mientras aquí en España nos aplasta e invade sin misericordia lo anglófilo.
¿Acaso nuestra Real Academia no se titula; Real Academia Española de la Lengua Castellana? ¿Y sus hijas americanas no son Academias de la Lengua Castellana?

 
España está hoy en decadencia humanística e intelectual, no lo dudamos, ni lo ocultamos.  Quizás porque desaparecieron de su escena intelectuales como Unamuno, Marañon, Josep Plá, Marquina, Azorin, Miró Ferrer, Muñoz Seca, Pemán, García Lorca, Blasco Ibáñez, Gabriel y Galán, Juan Ramón Jiménez, Maetzu, Rubén Darío, Cansinos Assens, Borges.  Aunque perdure hoy heroicamente en esa lucha entre la vida y la muerte, el último bastión más grande de las letras castellanas, mi paisano y amigo Antonio Gala.
El resplandor imperecedero del castellano de aquellos titanes que como Prometeo con antorcha en alto, ciega y deslumbra con la luz salida de la mano inquieta de Juan de la Cruz, Teresa de Jesús, Tomás de Villanueva, Bernardo de Balbuena, Juan de Ávila, y otros tantos allegados y prosélitos de nuestras universales letras. ¿No son ejemplo vigente incluso para tesis doctorales como las amaron escribieron en su juventud sosegada Juan Pablo I y Juan Pablo II? 
Pesa quizás demasiado la ausencia de uno de los mejores escritores del castellano durante todo el siglo XX como fue Ramón Pérez de Ayala. Incluso los de provincias españolas como Federico Muelas, José Balcázar y Sabariegos, Francisco García Pavón, y como no el literato y patriarca de las letras castellano-manchegas Julián Alonso Rodríguez, vivo retrato del y heredero del Príncipe de los Ingenios.
También carecemos hoy de grandes oradores como Ortega y Gasset, Vázquez de Mella, Manuel Azaña, Vázquez Camarasa, Indalecio Prieto o  Juan Mugueta. Ya se habla con dureza en España y  nuestras Reales academias de la oratoria perdida, pues nadie pronuncia un discurso sin papeles. Es decir, tenemos y en sobranza la denominada “oratoria de papel”. Por lo que al parlamento español habrá que cambiarle el nombre y titularlo lecturamento.
Difícil será encontrar a dos grandes oradores castellanos de la historia de España contemporánea como fueron, Narciso de Estenaga y Echevarria y el Académico e intelectual Federico García Sánchiz. ¡Irrepetibles y al mundo únicos y solos, pues el simple hecho de contemplarlos o escucharlos como aconseja Gracián, era tocar el cielo con las manos!
Ya se quiso llamar español al lenguaje de las Españas cuando tantas y tamañas eran; pero el residuo tan mínimo como babélico de aquella grandeza y el derecho mayoritario de los hablantes imponen orillar apelativos más épicos que históricos. También en el siglo pasado XX, como espejismo inane de un quimérico imperio, se intentó difundir cierta huera españolidad por el mundo, adoptándose por ejemplo y con muy buen fin el termino del orador y académico García Sánchiz; “Españolear”. Pero al volver las aguas a su cauce, todo quedó en deseo, y un tufillo de imperialismo anacrónico alertó a los esquivos. Déjesenos, pues, seguir diciendo castellano: con sus fundadores, con los clásicos encabezados por Cervantes, con nuestra antigua Constitución Republicana o con la actual  joven Constitución Monárquica, con los mejores homófonos de ultramar, y con tantos españoles sensatos en prevención de cismas, ya que ahora, en nuestra amada España, es decir en nuestra propia casa y por clara miocefalia tribal, rancios veneros del idioma común intentan raerlo de sus mapas, ya que no pueden destruirlo para siempre. ¡Ya no contamos hoy con Unamunos para contestarles y Machados para reprocharles!

 

Tenemos, según los filólogos y los doctores en Ciencias de la Oratoria, una de las lenguas más perfectas, bellas y sonoras que con morfología fiel a la de sus orígenes, que cobija más naciones del orbe, y es hablada y sentida por más de la vigésima parte de la humanidad. Y puesto que nuestro mayor vínculo con ese ingente bloque de países en creciente es el idioma, nuestra única meta es la sólida federación lingüística. Con ella cara al progreso, desde luego y con acatamiento de la decisión mayoritaria, seguiremos hablando y escribiendo castellano de la forma más semejante cuando esta enorme homolalia se consolide, ya surgirán si es necesaria, onomatólogos y onomaturgos que den el mejor nombre a la auténtica mejor herencia de nuestros antepasados. Y quien sabe, si con ayuda de la Providencia, pudieran surgir también oradores del castellano tan grandiosos, sabios y elocuentes como lo fue para España y el mundo entero Narciso de Estenaga. Como plasmó Valdés Leal en una de sus obras pictóricas más conocidas; “Fin de la Gloria del Mundo”, -ejecutada en 1672-, incorporando en el lienzo las famosas palabras “NIMAS NIMENOS”, así lo deseamos, eso sí, en “Castellano drecho”  como nos lo ordenó nuestro Rey Alfonso X, que para eso era tanto más sabio cuanto más inteligente y tanto más inteligente cuanto más sabio.


LIBERTO LOPEZ DE LA FRANCA Y GALLEGO
Diplomado en CC de la Oratoria

Presidente-Gran Canciller del Real Instituto Alfonso XIII
Prefecto-Canciller del Real Instituto Narciso de Estenaga


En los alrededores de San Lorenzo de El Escorial.
Hoy XV-X-MMXIII- SANTA TERESA DE JESUS y SAN LIBERTO DE CAMBRAI

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