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sábado, 3 de mayo de 2014

Fragmento de la alocución del Gran-Canciller Presidente del Real Instituto Alfonso XIII en homenaje a las víctimas del terrorismo de ETA durante el último Consistorio Académico del Real Instituto Alfonso XIII


Miro mis propias manos, las cuales están tan limpias como vacías y al fondo de ellas, las manos redentoras del Rey de Reyes el Gran Poder de Sevilla, que como dice el adagio popular: !Si Sevilla por tener tiene el poder en sus manos, a Jesús del Gran Poder que tambien es Sevillano! O como cantaba "El tio penas" en sus famosos fandangos: "Tengo mis manos vacias de tanto dar sin tené, pero mis manos son mias y mi conciencia tambien.Fíjate si  er mundo es canalla, que dise las cosas malas y las buenas se las calla".


“!MIRAR SUS MANOS: ESTÁN MANCHADAS CON SANGRE!”


Suelen los pueblos de la tierra enaltecer a los humanos que han traído en sus naciones el orden, el progreso, la paz y la concordia. Estas patrias serán inmortales e imbatibles entre las naciones pues en el dilecto y primoroso camino de ceñir en las sienes de sus pacificadores, honran al orbe y revisten al género humano de grandeza infinita.
Ha llorado el mundo entero hace meses la muerte del último gran líder de la humanidad desde aquel  dolorido continente africano, ante el cuerpo sin vida de Nelson Mandela, pero pleno de luz ante los amados hijos y Defensores de la Paz.
Nuestros ojos no se apartan en ningún momento de la realidad mundial  y los labios no cesan de rogar por la paz una y otra vez para las naciones hoy en guerra o al borde de cualquier conflicto que pueda desencadenar una guerra III Guerra Mundial de consecuencias inconmensurables.  
Contemplamos en nuestra amada España se desea honrar por igual a quienes  son criminales y enemigos de la Paz Nacional y Universal.
¡Mirar sus manos manchadas con sangre; la sangre de las viudas, y huérfanos, la sangre de los niños y de los jóvenes cuyos desarrollos físicos se ven impedidos o retrasados por la ira del crimen; la sangre de miles de víctimas inocentes de todas las clases sociales, quienes fueron sacrificados en el altar despreciable del independentismo en loco paroxismo  de la inalcanzable y repugnante soberanía de una indivisible tierra de España llamada Euskadi!



Esa sangre, como la de Abel, clama al cielo por estos nuevos caínes del miedo el horror y la violencia. Y en sus manos la mancha es indeleble, igual que muy dentro de sus conciencias sus execrables crímenes no deben ser perdonados hasta que reconozcan y, a través de las lágrimas y de la expiación, realicen enmiendas hasta el punto en el cual un crimen tan grande sea posible.
Aquellos que han sido seducidos por los defensores de la violencia y quienes, después de haberlos seguido neciamente, comienzan a despertarse de este engaño, consternados al ver a qué los condujo su servil docilidad, allí no hay otro medio para la salvación que el repudio definitivo de la idolatría del nacionalismo absoluto, del separatismo suicida e ignaro, del orgullo huero de la raza y de la sangre inexistente, del deseo por la hegemonía en la posesión de los bienes terrenales en pos de alzar banderas de patrias chicas absurdas, sin lógica y razón histórica.  Y en volverse resueltamente y definitivamente, hacia un único espíritu de sincera fraternidad en el que se funda el culto a la paz, al orden, al progreso, a la cultura, a la unidad de España, y en el cual esas ideas, por largo tiempo opuestas, del bien y del deber, de la ventaja y la desventaja, se reconcilien en la justicia y la libertad.



La reconciliación de nuestro pueblo vasco sólo garantizará la estabilidad si se lleva a cabo con fe y tolerancia. No podemos siquiera suponer que después de tantos años de crimen y dolor, haya alguien que se sienta tentado de sacar provecho de la situación presente para convertir la  organización de la paz en su propio beneficio y en contra de todos los dictados de la justicia. Éste, de hecho, estará por el momento en una posición de presentarse como benefactor de la humanidad más tarde la Historia, que juzga a la luz de principios más elevados  y de una experiencia más vasta, lo clasificará, no entre quienes han contribuido a redimir el mundo de la opresión  y de la violencia sino entre esos engañadores quienes en una hora seria y decisiva han traicionado la expectativa de su propio pueblo, a los cuales su sufrimiento indescriptible ha conferido un nuevo título de respeto.




Que la sangre de las víctimas del terrorismo de ETA  sean ahora  quienes arrojen la luz al mundo clamando por la PAZ ante los que esconden hoy sus manos manchadas en crimen abyecto e inmoral ante la humanidad a la que nunca podrán engañar, junto a sus propias y atormentadas conciencias, pues los ojos de Dios nunca descansan. Y no olvidemos que ante Dios Maestro y Señor Soberano, nada ni nadie escapa de su ira, así como de su juicio inapelable  como Príncipe de la Paz y dueño de los designios de la tierra entera.
José Liberto, Gran-Canciller Presidente

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