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Liberto

lunes, 24 de noviembre de 2014

LIBERTO LOPEZ DE LA FRANCA, UN AMOR PERFECTO DE HOMBRE, HONESTO Y EJEMPLAR




Conocí a Liberto López de la Franca literalmente de oído: hablando con él por teléfono. Recuerdo esa noche de invierno y esa voz serena y plena, joven y alegre. Y mi reacción, fue quedarme totalmente mudo. Menuda forma de empezar una amistad.
Fue fácil imaginármelo a través de ese timbre de voz masculino y grave, solemne, sincero y sensual, dibujándolo en mi mente sonriente y agradable, que emergía potencialmente de la línea telefónica. Lo imaginé alto, sensual, cercanamente distante. Me quedé corto. Al verlo en persona me di cuenta: es mucho más que todo esto.
Ciertamente es de altura grande, de proporcionadas espaldas y pecho abierto, amplio como la noche con una mirada que traspasa cualquier ser humano.  Tierno como el corazón de un niño; firme como una columna dórica, recta y sin dobleces ni fisuras. Dueño de unos ojos enormes verdes, enmarcados por unas pestañas tupidas y unas cejas cinceladas, su belleza sólo rivaliza con su corazón y su corazón tiene en su sonrisa el más bello de los balcones. La sonrisa de Liberto López  de la Franca transporta, y nace tímida para deslumbrar finalmente. Cuando ríe, enamora, y enamora con la ternura de un cachorro y con el brío de un hombre que sabe al fin lo que quiere conquistándolo todo audazmente y elegantemente con su nobleza.
Conocerle y sentir inmediatamente una corriente de simpatía (sí, que fue más allá de belleza tan evidente) fue todo uno: tanto, que tropezamos mutuamente. Ese saludo se ha convertido, sin querer, en una forma más de expresar el respeto y el cariño que nos profesamos mutuamente, porque ocurre cada vez que hablamos y nos vemos. Liberto siembra ese cariño en el alma, y ese cariño crece con un vigor casi asombroso. Estar a su lado unas horas bastó para que me conquistara totalmente de la cabeza  a mis pies.
Es un hombre al que se quiere proteger, porque camina y en sus pasos hay seguridad y delicadeza sobre los yermos campos minados de la vida. Avanza con la seguridad de un valiente, aunque sepa perfectamente cómo y a dónde quiere ir sin titubear un instante. Esa seguridad imperturbable anima a la admiración, al abrazo, a la caricia, a la sonrisa perenne. Me es difícil no sonreír cuando estoy a su lado, porque su vitalidad es contagiosa, pegadiza y única. Su presencia es imponente y revestida de respeto.




Ciertamente Liberto López de la Franca es todo corazón. Tiene alma de madre y constancia y persistencia de centauro. Es vital, arrollador, impetuoso, insolente, mayestático, dramático y responsable. Es dueño de todas esas cualidades y de muchas más que siempre he deseado tener y de las cuales carezco, y en él veo tantos sueños imposibles para mí, que sólo me preocupa que consiga los suyos con el peaje más nimio posible y el mayor goce.
Liberto López de la Franca tiene luz. Tiene un ángel que cuida su espalda ancha, él es un amor que lo envuelve y lo anima todo; ese amor es quien lo transforma, lo vuelve impetuoso, apasionado, frágil e inusualmente ferozmente ante un atisbo de injusticia, como nos ocurre a todos cuando nos enciende el amor. Él ama y es amado, y ese milagro que ocurre tan pocas veces en una vida, en su vida es fuente de fortaleza, energía y pureza de presente, y regala tanta vida, que lo transmite en su mirada, en sus manos elegantes de dedos largos y finos y, claro está, en esa sonrisa de alma limpia. Él lo merece todo, todo lo que se resuma en un amor que dure toda una vida, y ese amor, ese fuego abrasador que lo ha transformado por completo, vive con él, respira con él, duerme con él y sueña con él anhelos similares, deseos similares y temores similares, llenos de la inestabilidad de la vida que lo envuelve y azota, lo alza y lo corona sublimemente como un gran caballero andante.
Y Liberto López de la Franca está ahora de cruzada justiciera en este mes que hoy se cumple de su amor traicionado en Navarra. Y aunque sé que, cuando amamos, queremos rodear a ese amor de toda belleza material, de toda muestra de perfección y durabilidad, nuestro mundo es de frágil cristal y lo mundano pasa y se va, excepto el amor, el verdadero amor que dura por siempre. Y él tiene ese amor entre las manos, entre los labios, entre su fuerte pecho y ancha espalda, entre el día y la noche; y ese amor lo inflama, lo inspira, lo arriesga, lo protege y lo desnuda y embriaga lleno de sonrisas, de sueños, y de belleza, y lo hace el más rico de los hombres, porque él ha dado ejemplo de ello. ¡Y de qué manera! Porque nada hay más bello y eterno que un amor que dure; nada más preciado que el verdadero amor aun cuando sea apuñalado como él dice “por la espalda, por los cobardes y depravados desalmados”.
Solemnemente y eternamente Liberto López de la Franca es dueño de su destino, porque es dueño del amor verdadero que lo espera al caer la noche, que lo arrulla por las mañanas y que lo inspira día a día para vivir, entre angustias y sonrisas, una vida auténtica, plena y única, una vida que dure por siempre jamás. Como su inmortal sonrisa.
Carlos Yrigoyen Maeztu
Pamplona 23/11/14

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