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sábado, 29 de noviembre de 2014

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TESTAMENTO PERSONAL DE LIBERTO LOPEZ DE LA FRANCA -PREFACIO-







========= PREFACIO  ========


Honor y gloria al Señor de la vida y de la muerte

¡Oh Dios que duro es mantener tu honor!


Como el hombre ha nacido para morir, y la muerte es el acto más sublime e importante y trascendental de la vida, ya que abre las puertas de la eternidad; siendo necesario por no saber ni el día y la hora,  tenerlo todo bien preparado: y como quiera que son muchos y grandes los peligros que amenazan y acechan en cualquier momento la vida humana: aleccionado por mi corta pero intensa existencia y por la ajena de tantos conocidos, amigos y familiares, a los que sorprendió la muerte cuando menos en ella pensaban, a veces de modo repentino y fortuito. No queriendo que esta me halle descuidado nunca, he determinado levantar en documento público mi testamento personal con mis últimas voluntades.
Sereno mi pensamiento y firme el corazón y con mi conciencia en paz ante Dios, previa profunda y larga reflexión acerca de la vida y de la muerte y de sus consecuencias, pues la misma es una de esas leyes de la naturaleza que se cumplen inexorablemente sin apelación posible, pues rige para todos los seres sin excepción, incluso para los mismos dignatarios; papas, reyes, poetas, pintores, escritores, jefes de estado, así como a los más humildes y desheredados de la tierra. Pues verdaderamente todo lo que nace muere.
Morir para muchos es adversidad e infortunio, para otros es descansar del sufrimiento y acercarse a la infinidad. Para los más escépticos la muerte es la desolación y la pesadumbre sostenida en nauseas y angustias de un desesperado final que no tiene respuesta, envuelta en el mayor misterio que pueda existir sobre la humanidad, mientras para mi es sencillamente triunfo.
La muerte es verdaderamente un misterio insondable, expresión mayestática y fastuosa de soledad extrema y liberadora, que a todos iguala y a todos abraza. Es la esencia, la clave para entender la fragilidad del ser humano.
La muerte nos asusta a todos, la muerte de los grandes y de los pequeños, la que llega por los caminos de la enfermedad y la que nos sorprende por la vía de lo inesperado o de la violencia. Siempre que una vida se extingue, se rompe o agota; es una existencia que, al menos visiblemente, se acaba; algo que quienes soñamos con la permanencia y anhelamos instintivamente la eternidad, nunca lograremos comprender. La muerte siempre es un desgarro para el que se va y un vacio para los que aquí quedamos. Al pasar de los años van quedando huecos  a nuestro alrededor y esos huecos insustituibles nos acongojan en la soledad callada y sonora de nuestra existencia y nos causa dolor, porque vienen a recordarnos la limitación de nuestra propia existencia sobre la tierra.
Durante mi existencia he contemplado a los más brillantes pensadores e intelectuales contemporáneos y coetáneos, cuando se enfrentaron al problema de la muerte. Todos ellos lo hicieron frente a ella, serenamente, como a un mar sin riveras. Yo la contemplo como el principio del fin que se incoa en este mundo. Sé, como decía Santa Teresa de Jesús, que “esta vida no la vida”. Sé, que quienes mueren valientemente en la fe de Cristo, si han sabido ser fieles a ella –aun dentro de las limitaciones y fallos de nuestra condición humana- se encontrarán que la muerte no es un final, sino un nuevo principio, la entrada en la vida que no tiene ocaso, el encuentro cara a cara con Cristo que no tiene fin, y que Él misericordiosamente nos recibirá dándonos la mano.  Como dijo el Beato Narciso de Estenaga, en tiempos postreros a su heroico martirio en la conocida invocación que hizo en 1934 al Patrón de España el Apóstol Santiago: “!Oh glorioso Apóstol Santiago, luz de España y guiador y aparador nuestro en las seculares luchas contra la morisma! Sal a recibirnos a la puerta del Cielo, cuando como buenos cristianos allí vayamos. Ármanos a la entrada Caballeros de la Bienaventuranza con el espaldarazo sólo debido al varón fuerte, que pelea sin desmayo. Cíñenos la espada, que para nosotros no será ya sino recuerdo de pretéritas hazañas. Dános el estrecho abrazo de amigos y cálzanos las espuelas, aquellas dos grandes alas de la visión bienaventurada y del amor inacabable, con la que hemos de cabalgar por los anchurosos Cielos. Vístenos luego el manto blanco, que no tenga otra mancilla que nuestra sangre vertida en las horas del sacrificio y del dolor, y acaba tu obra, ¡oh glorioso Apóstol!, cercando esta Cruz, que ostentamos sobre nuestro pecho con los laureles que en la bienaventuranza no hiere ni herir puede el rayo de la venganza ni la carcoma de la villanía.”
Por ello al sentir y ver muy recientemente de cara a la parca, tras esa experiencia, mi corazón se conmueve y agita, y evoca una auténtica valentía con un ímpetu de ardor y brío, cargado de humildad y a la vez de insolencia ante la triste dama del blanco sudario. Cuando todo se va, el amor queda pues es inmortal. La muerte borra todo menos lo que hemos amado.
Si la trágica muerte nos descubriera a todos que la preocupación por el bien común, por la grandeza de nuestra nación, por su convivencia pacífica en la justicia, por su elevación y desarrollo en todos los órdenes: económico, cultural, político, religioso, humanista, son tareas que a todos nos incumben como hijos de la Patria, lograríamos que en la hora de nuestra muerte, fuera una hora de luz y fecundidad y no sólo de llanto.
Sin temblar mi mano, refrendo mis últimas voluntades, mientras rememoro aquella enriquecedora, preciosa y esperanzada lucha y batalla contra la hermana muerte. Por ello, ante esta intensa experiencia y queriendo dejar todo atado y bien atado, es mi deseo irme con todo bien hecho en el día de mañana.
Yo no valgo por lo que hice, yo no valgo por lo que soy y por lo que tengo. Yo tengo solo algo que vale, lo tengo en mi corazón, me quema en el alma, me duele en mi carne y arde en mis nervios, y es el amor inmortal por quienes amé y amaré siempre.
Si a los que amo me pidieran mi vida, se la entregaría extendiendo mis manos y ofreciendo mi corazón con bondad y serenidad.
Porque la felicidad de quienes me han amado vale mucho más que yo.
Espero que Dios escuche a este humilde joven, en los instantes que redacta su testamento espiritual y material, en estas horas de luz y serenidad inconmensurable.
Yo se que Dios está con nosotros, porque está con los humildes y desprecia la soberbia de los desalmados y traidores. Por eso, la victoria será nuestra. Tendremos que alcanzarla tarde o temprano, cueste lo que cueste y caiga quien caiga, aun pagando el más alto precio.
Yo no quise ni quiero nada para mí, pues mi única gloria es y será siempre España y la bandera eterna de mi pueblo.
Y aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que vosotros recogeréis mi nombre y mi causa y la llevareis como bandera a la victoria.