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Liberto

sábado, 13 de diciembre de 2014

Liberto López de la Franca, el leal “irreductible” e “imbatible” Jefe de la Casa del Infante de España







Entre las capacidades inherentes del Infante de España –hijo del Rey Alfonso XIII- destaca la de nombrar a sus directos colaboradores, sin encomendarse a nadie ni ofrecer ningún tipo de explicaciones: ni al más pintado. La jefatura de Su Casa no se alcanza mediante oposición alguna, solo por altos méritos de aquilatada lealtad demostrada permanentemente  a su lado en años. Cuando el Infante decide que es oportuno el cambio, lo ejecuta sin venia alguna de institución palaciega que se lo invoque o revoque.
La singularidad e importancia del cargo de Jefe de la Casa del Infante anima a las preguntas y denominaciones más capciosas, equivocadas y a la vez envidiadas afines a este cargo, cada vez que se produce su simple mención. En mi opinión, todo es mucho más sencillo y natural.
Realmente es el Infante el que establece el tiempo y la oportunidad del cambio y a quien poner al frente. Pero el Infante y su Consejo Privado no siempre saben acertar lo que conviene en su cercanía, y se ha demostrado con la inesperada renuncia al cargo del Jefe de su Casa. Incomprensiblemente los borbones suelen pagar con la amarga moneda de la ingratitud, -como le hicieron al general Sabino Fernández Campos-  a los más leales que los han servido. En definitiva todos los borbones piden los favores de rodillas y los agradecen de espaldas. A juzgar y como muestra  el trato desigual e injusto recibido para Liberto López de Franca, en premio y reconocimiento a todos estos últimos años de intachable y permanente  servicio de la Real Casa.
La permanencia sempiterna en cargos de esa índole no es recomendable. El Jefe de la Casa del Infante, además de consejero, testigo y confidente de Su Alteza Real, es su principal muro de contención, su primer y último filtro, y también, su embajador ante la sociedad. Un error de raíz o matiz, una audiencia solicitada y no concedida, un retraso en cualquier carta o gestión, determinan la inmediata antipatía hacia su persona. No es el caso de Liberto, que bien a pulso se ha ganado y en alza el reconocimiento sobrecogedor desde los más humildes a los más poderos.
Durante los primeros años, casi un septenato de la efectividad -de hecho- del infantado de Don Leandro Alfonso en España, sin duda los más históricos, inciertos, apasionantes y trascendentes, Liberto López de la Franca fue su mano derecha, la “sombra del Infante” y el más agudo observador del hijo del Rey Alfonso XIII.
Testigo de intrigas, especulaciones hereditarias, discusiones, ambiciones, deslealtades, infidelidades, en una vida intensa y fascinante, cuyo protagonista  valientemente nos hable algún día sin veladuras y rehuir la pura realidad de; lealtades y traiciones, de esperanzas y desengaños, llegando a ser él mismo, víctima en un momento del desempeño de su alta función, de un secuestro en “nombre de la Corona” dado en pleno centro de Madrid.
Liberto ha  soportando estoicamente con resignación y mérito a su blindada paciencia, los recelos y  brotes de pánico que supuraban desde el mismo  Palacio de la Zarzuela. Lugar desde el que nunca se perdió; ni el oído, ni la vista avizor al “tío Leandro Alfonso” o el “Infante del Pueblo”  y a sus cercanos  “serviles” colaboradores. 
El Jefe de la Casa llegó a situarse en medio de ninguna parte, en un sórdido conflicto abierto de Infante a Rey, y de tío a sobrino. Sin lograr al fin la concordia y conciliación que el ambicionaba entre entre ambos. Una tensa relación de antagonismos por una sola cuestión de Estado Real: El poder y la pugna por la supremacía de la Decanía de la Casa Borbón en España.
El día que López de la Franca se atreva a contar todo lo que vio, sabe  y fue testigo real de primera fila en la Familia irreal y la Familia Real española, creando por su propia mano serenamente, una obra en la cual armonizada en palabras que destilen la verdad, será sin dudarlo el detonante de un testimonio verídico y divertido por él vivido y padecido. Sobre el que siempre las “versiones oficiales” nos han dado una versión edulcorada, pudibunda o hipócrita. Un testimonio escandaloso y divertido que removerá la tierra o se levantarán las losas  -según qué lugar- donde hoy muchos pisan, creyéndose muy seguros de tener la verdad atrapada en sus bolsillos. Un libro apetitoso de lectura e imprescindible, que encerraría muchas de las claves para la comprensión de la agitada relación entre el Rey y su tío Leandro Alfonso, que nos sorprendería no sólo por lo poco común de sus vivencias personales e institucionales, sino también por la maestría y la fina-afilada pluma con que sabe plasmarlas.
Su biografía  tiene y debe que ser única. Tan esperada por unos como temida por otros, sin duda por los aquilatados avatares de su largo y tortuoso camino en la jefatura de la Real Casa del Borbón Decano entre los borbones. Y muy esencialmente de lo que él sabe, dentro y fuera de la casa institucional y “paralela” (las dos casas: domestica y  estamental).
Liberto López de la Franca ha sido un magnífico Jefe de la Casa y eso nadie puede ponerlo en duda.  Dicen de él  que su inteligencia va acompañada, además, de un alto sentido del humor y un corazón de rey, además de ser un rey de corazones o como se dice en los mentideros de Madrid; es un perfecto y exquisito caballero conquistador y amante, un nuevo Casanova o Rodolfo Valentino, Don Juan o un Miguel de Mañara. Para mí eso es lo de menos, solo destaco las altas dotes de gobierno y diplomacia, cualidades envidiables que  junto a su inconmensurable  paciencia y sabiduría le ayudó y mucho, a sobrellevar la dura  tarea encomendada, así como  masacrante vida al lado del estoico, vetusto, imprudente, pretencioso e ingrato  Borbón “de la mano izquierda” –bastardo Real-.
A Liberto López de la Franca y su equipo hay que despedirlos con gratitud y reconocimiento. Como los buenos, han cumplido con sobrada eficacia con la confianza que el Infante de España depositó en ellos desde que ocupara en 2003 su Secretaría Particular, hasta auparse a la jefatura de su Real Casa y a la Presidencia de su Consejo Privado.
López de la Franca ha renunciado a sus cargos, y no dimitido, ni se le ha cesado. Pues, realmente, no es lo mismo llamar a la puerta que salir abrir. Y Liberto abrió  la misma y se ha marchado dejándola entreabierta, con el deber cumplido y saliendo por la puerta grande, sin que nadie se lo haya ni pedido ni exigido.
Las cosas son así y no hay por qué removerlas, en todo caso decir a este honesto ex Jefe: ¡Que buen vasallo serías si tuvieras buen señor!

José Antonio Ortiz