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sábado, 2 de abril de 2016

HERMENEGILDO GOMEZ MORENO, HISTORIADOR DE CIUDAD REAL


Cuando me predispongo a coger mi pluma para homenajear a un gran hombre, hace justamente un año que vi con vida a mi gran amigo el historiador don Hermenegildo Gómez Moreno.
Fue en la catedral, a la hora del ángelus del 13 de agosto de 1999, el con paso fatigado y ayudado por familiares vino a despedirse de su queridísima Virgen del Prado. Todavía recuerdo aquel momento en el que el viejo profesor dirigiendo su cansada mirada a la Patrona, musitaba plegarias hacia ella con verdadera emoción. Mantuvo conmigo una breve conversación, después terminó de saludar a la Señora de alas plateadas –como a él le gustaba decirle- antes de iniciar su regreso. En aquel momento me inundaba el presagio de que aquella sería la última vez que hablase con mi querido profesor.
El 21 de febrero nos sobrecogía la noticia de que don Hermenegildo había muerto, fueron momentos tristes y algo confusos. Ciudad real lloraba la muerte de un hijo, de un historiador. La Santa Iglesia Prioral Basílica Catedral de las Órdenes Militares, perdía sin duda a su cronista. ¡Pobre don Hermenegildo! No ¡Dichoso don Hermenegildo! Dio el paso final ineludible para todo humano, cuando contaba los noventa años. Y los ha llenado de simpatía de saber, de enseñanzas, ¡de vida! Prodigadas por los cuatro puntos cardinales de nuestra llanura. Y eso sí que no puede hacerlo cualquiera. Y triunfo de un vivir perdurable en el recuerdo eterno. ¡Vivir siempre en el tiempo y en el espacio, de esta llanura inmensa de la Mancha expectante, silenciosa! Que ese silencio no huero, ¡mazizo! Pues es silencio de entrega de novia; de beso de mujer, de madre.
Don Hermenegildo no ha muerto. Se fue, tranquilamente, a hablar con Alonso, Balcázar, Bernabéu, Paco Pérez y otros muchos, de historia de nuestra capital, de leyendas poéticas de la judería, como a diario parlaba de pasadas historias con los sillares de cualquier edificio y por eso ahora, no lo vemos, chiquito, correcto, distinguido, caminar todas las mañanas hasta San Pedro o la Catedral, para refugiarse del sol veraniego en los portales de la Plaza Mayor junto al pintor Vicente Martín y otros buenos condiscípulos. O en el Pilar junto a Mena Cantero, saludando a la alumna, a la madre o a cualquier amigo del alma de modo caballeresco, cariñoso y elegante, siempre sonriente.
Pero la verdad es que ya no veré a don Hermenegildo detrás del Nazareno de san Pedro, la noche del Jueves Santo. Y ahora cuando llegue el día 15 no me llamará para que le coloque una silla canonical junto al “Magistralillo” Don Ildefonso Sánchez Alonso, en la misma puerta de la sacristía mayor para que desde allí  “esperar” a la mejor moza de Ciudad Real, Nuestra señora del Prado. Tampoco disfrutaré con él de sus puntualizaciones, hipótesis etc, sobre la construcción de nuestra catedral. Ya de momento, no lo vi bajar entre sus brazos como era tradición desde décadas, en la mañana del día 9, víspera de san Lorenzo, la imagen del Niño Jesús de la Patrona.
Por eso he de notar su viaje, su ausencia y he de sentirlo muy hondo, pues , además , don Hermenegildo era el último hilo conductor, bien querido que me unía a “muchas cosas”, pues a nadie más que a él debo la introducción en las ciencias históricas.
Pero don Hermenegildo volverá a nosotros para acompañarnos a san Pedro, Santiago y a la Prioral. Y visitaremos Velilla de Jiloca, el castillo de Caracuel, Alarcos comentándonos la Carta puebla, la historia de la Virgen del Prado y su descubrimiento por Ramón Floáz, la aparición de la misma a Ántón, los Santos Cabezudos, y el origen de las ráfagas de nuestra Patrona o la curiosa historia del árbol –encina- de la Virgen, o las vistas reales entre San Fernando y la reina Berenguela, y así mil historias plenas de nuestra Ciudad de Reyes.
¿Por qué escaldan los trazos de mi pluma estas lágrimas, pesadas que caen por mis ojos verdes?
¡No, no me digáis que don Hermenegildo, el hombre bueno y culto, el buen amigo, el caballero, el profesor el historiador de Ciudad Real…, el enamorado siempre de su tierra, ha muerto!
El olvido, en una vida, es muerte. El recuerdo hace vida de la muerte. ¿No lo veis? ¡Don Hermenegildo vive!



Publicado en la sección de OPINIÓN, página 6.
DIARIO LANZA, Viernes, 18 de agosto de 2000.

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