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sábado, 2 de abril de 2016

MONSEÑOR AURELIO GOMEZ-RICO Y MARTIN DE ALMAGRO, EL ÚLTIMO ARCEDIANO HUMANISTA


Desde mi más tierna infancia tengo recuerdos imborrables de la figura humana de Monseñor Gómez-Rico. Primero por el vínculo profesional de mi padre con uno de sus hermanos, del que mi progenitor fue durante muchísimos años su mano derecha, y segundo, por mi etapa de trabajo patrimonial en la Catedral de las Órdenes Militares Españolas[1].
Recuerdo ver a don Aurelio, con su sotana impoluta y los vivos rojos tanto en la cordonería, como en los ojales  y botones de las  bocamangas. Su gracejo al terciarse el  manteo su estilosa teja puesta sobre la cabeza, al atravesar el antiguo barrio de Santa María o de la Catedral para visitar nuestra casa solariega denominada “De la Piedra Blanca” en la calle de Zarza 18.
Para todos era don Aurelio, el Arcediano de la catedral o Monseñor Gómez-Rico, un canónigo venerable, respetuoso, afable, cortés, cultísimo  y ante todo piadoso.
El 14 de septiembre de 1995 fallecía en Daimiel (Ciudad Real) el decano del colegio presbiteral de la diócesis Priorato de las Órdenes Militares Españolas, Monseñor Gómez-Rico. Dejaba de existir nuestro venerable y anciano sacerdote, tan emblemático, estimado y querido en nuestra capital y su provincia.
Sus noventa y siete años de edad le posicionaban como el más antiguo presbítero de nuestra diócesis-Priorato, y quizás una de las autoridades eclesiásticas que más cargos de gobierno desempeñó en la curia episcopal o mitra diocesana durante los pontificados de cinco de sus obispos-priores.
A monseñor Gómez-Rico le llegó la hora del descanso, desde hace más de un año hacía vida recluido en una residencia de ancianos de la ciudad de Daimiel. La metrópoli que lo vio nacer, sobre las diez de la mañana lo vio morir: escapóse hacia la eternidad su alma limpia.
Nació nuestro entrañable personaje en la histórica ciudad calatravense de Daimiel, el 25 de septiembre de 1897, en el seno de una familia profundamente cristiana y de vida holgada-burguesa acomodados terratenientes.
Comenzó su carrera eclesiástica en el entonces Seminario Conciliar de Ciudad Real, siempre sobresaliendo con notas brillantísimas. Culminó la misma con su doctorado en Sagrada Teología en la Pontificia Universidad de Toledo. Ordenado presbítero por el VIº Obispo-Prior de las Órdenes Militares Monseñor Francisco Javier Irastorza y Loinaz, celebrando su primera misa en su pueblo natal el 22 de mayo de 1921.
Su primer cargo pastoral fue desempeñar el ministerio de coadjutor de la parroquia de Calzada de Calatrava. Años más tarde fue trasladado a Viso del Marqués como cura párroco, donde su labor fue premiada por ese ayuntamiento nombrándolo Hijo Adoptivo. Fue llamado a Ciudad Real por el VIIº Obispo-Prior Dr. Narciso de Estenaga y Echevarría, para ejercer como profesor del Seminario Conciliar, donde desempeñó una estimable labor de formación educativa eclesial: impartiendo las asignaturas de latín el 30 de septiembre de 1929; catedrático de Lógica y Psicología el 1 de febrero de 1933; profesor de filosofía el 25 de septiembre de 1934, y profesor de geografía e historia el 30 de septiembre de 1943.
Como curiosidad biográfica, el suyo fue el último nombramiento eclesiástico firmado en el Palacio Real de Oriente por S.M. el Rey de España Don Alfonso XIII, en calidad de Gran Maestre y Administrador Perpetuo por Autoridad Apostólica de las Órdenes Militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y de Montesa, antes de suspender este monarca el ejercicio del poder real y auto exiliarse de nuestra nación. Aquella prebenda que rubricó Don Alfonso de Borbón y Austria, fue para la de Beneficiado de la Santa Iglesia Prioral Basílica Catedral de las Órdenes Militares Españolas, anejo al mismo el de archivero diocesano, dado en enero de 1931. El Obispo-Prior Dr. Narciso de Estenaga, firma el decreto de nombramiento el 19 de enero de ese año[2].
El entonces Obispo-Prior de las Órdenes Militares Beato Narciso de Estenaga, confió plenamente a don Aurelio, la Administración General de capellanías de la diócesis-Priorato, firmando su decreto de nombramiento el 7 de diciembre de 1934, resentida esa sección de la curia por el duro laicismo impuesto por los gobiernos de la II República.[3]
Íntimo amigo del Beato Fidel Fuidio Rodríguez (1880-1936), mártir marianista asesinado en Carrión de Calatrava, en su fatídico y trágico pozo-noria donde pereció gloriosamente aquel  eminente arqueólogo y paleontólogo, autor de entre otras importantes obras como Carpetania Romana, editada en 1934. Edición hoy de gran e indispensable referencia histórica y bibliográfica para los investigadores y estudiosos.
Al sobrevenir la guerra civil, Monseñor Gómez-Rico, se enclaustró en su casa familiar de la calle del Carmen, llegando a salvar su vida milagrosamente en tiempos sangrientos del terror  vivido de la vesania roja, ante la cruel persecución religiosa desatada. De la que Ciudad Real fue caso extremo de violencia y genocidio conocido en España, por la elevada cifra de mártires sacrificados y perseguidos.
Él mismo en una entrevista me testimonió: “La tarde del 10 de agosto, me encontraba yo en mi casa de la calle del Carmen, con sotana. Irrumpieron llamando a la puerta dos milicianos y un policía, a pedirme cuenta de la Administración General de Capellanías. Me invitaron a que me pusiera de paisano, para evitar cualquier agresión o contratiempo frente a mí. Declinando su consejo de buen grado. Insistieron mucho y me puse finalmente un traje de mi hermano. Fuimos a mi despacho del Palacio Prioral. Pedí e insistí ver al Sr. Obispo-Prior, que estaba custodiado por varios milicianos en la planta inferior, en una habitación que daba al jardín del palacio donde lo custodiaban en vigilancia estrecha, tanto a él como a don Julio Melgar. Me permitieron verle y cambió impresiones conmigo. Lo vi estremecedoramente sereno. Recuerdo perfectamente que intentaron tranquilizar al obispo, diciendo que ya había pasado todo lo malo. Me despedí de Monseñor Estenaga, impactándome su mirada penetrante y su egregia autoridad que sobrecogía incluso a los propios carceleros. Su esencia humana emanaba entereza e impavidez ante los graves hechos de aquella guerra. No se amilanaba por nada y ante nada. En esos momentos comprendí estar indudablemente ante la presencia de un santo, con un ejemplo admirable de autoridad imperturbable y dispuesto sin titubeos al sacrificio. Luego me escoltaron acompañándome a mi casa, los mismos milicianos y dos policías. Al día siguiente se presentaron nuevamente los mismos individuos inquiriendo más dinero. Les firmé un talón de cinco o seis mil pesetas que había aun en los fondos de la diócesis en el Banco de España. Se marcharon, e incluso me permitieron retirar alguna documentación del Palacio Episcopal. Una semanas más tarde volvieron otros milicianos con la intención de sacarme por la fuerza y asesinarme como a mis condiscípulos o compañeros. Providencialmente pasaba por la calle el farmacéutico Don Manuel Romero Sánchez-Herrera, quien disuadió del crimen a estos sicarios, hasta que cuatro horas después volvieron a la casa, siendo mi hermana Crescencia, quien les refirió con voces desde el balcón, que me llevaron el día anterior y no sabían nada de mí”.   De este episodio da certera cuenta coincididente con el anterior testimonio, el Jefe del partido Unión Republicana, don Manuel Romero Sánchez-Herrera, en su libro de memorias titulado: ”Durandín estampas de la guerra Civil”. Madrid, 1970. pp 140 y 143: “…En una mañana del mes de agosto del 36, marchaba en dirección al Hospital nuestro personaje principal; en dirección contraria, cuatro milicianos con pañuelos de colorines sobre la cabeza, atuendo indicando ser pertenecientes al grupo revolucionario de la C.N.T. Al llegar a la altura de Durandín se pararon frente a él, alzaron su brazo derecho con el puño cerrado, saludando con el “salud, camarada”, que alteró un poquitín los nervios de Durandín, uno de ellos preguntó. -Camarada, ¿me quieres decir si ahí vive un cura? –señalando la puerta que estaba frente a ellos en la pared opuesta. La contestación fue rápida, sin vacilación, inmediata. –Sí, camaradas, vivía hasta anoche: un grupo de milicianos de mi partido vino por él, dándole el paseo. Quedaron los cenetistas sorprendidos, pero ante la contestación contundente de Durandín, después de darle las gracias, continuaron calle abajo. Este episodio, como cientos de otros análogos, quedarían en el anónimo si no fuera por ser dados a luz pública por los mismos personajes sucesores de los hechos….Pasada la guerra, necesitó el ex presidente, el arrinconado Durandín, visitar la Secretaría del Obispado; fue recibido con verdadera efusividad por los cuatro sacerdotes que en ella trabajaban, si bien mostraron su extrañeza ante el caso insólito de ver por primera vez a don Manuel Romero Sánchez-Herrera en visita al palacio. Quizás los cuatro tenían motivos de gratitud para con Duradín. Uno de ellos, canónigo de estos tiempos, saludó con todo cariño y amabilidad al visitante, a quien espetó el siguiente discurso: -Aún no he tenido tiempo para visitarle en su domicilio como era mi deseo y mi deber, para darle un abrazo y agradecerle el favor inmenso que me hizo en guerra. Ante la extrañeza de Don Manuel Romero Sánchez-Herrera, añadió:- Me refiero cuando los de la C.N.T., en la calle donde vivo, le preguntaron si vivía un cura, señalando mi casa, cuando marchaba usted al Hospital. Cuando esto sucedió estaba yo tras los visillos de uno de los balcones de mi casa, rezando el Santo Rosario y oteando lo que sucedía en la calle, percibiendo todos los detalles que quedan explicados. A las pocas horas volvieron los milicianos, llamaron a la puerta y una de mis familiares les explicó lo que fuera, es el caso que ellos, sin duda por las explicaciones que usted les dio, se dieron por conformes y no me volvieron a molestar en toda la guerra; así, pues, creo que le debo la vida. -¡Caramba, señor canónigo, valla si me escurro y no cumplo con mi deber!...”
Yo soy testigo de cómo Monseñor Gómez-Rico armonizó y articuló su astuto plan con el fin de salvaguardar salvar todos los bienes materiales posibles y a su alcance de la diócesis-Priorato. Trascribiéndolos en folios a mano e introduciendo los mismos en botellas de cristal por triplicado, y enterrándolos en tres lugares diferentes, con el encargo severo y de honor a sus familiares, que de ocurrir el caso de ser él martirizado, entregaran o indicaran al prelado o sucesor o Vicario General, el lugar exacto de los trasuntos patrimoniales eclesiásticos de la diócesis. De hecho, yo he llegado a ver y contemplar esos documentos y tenerlos entre mis propias manos en el extenso archivo de Monseñor Gómez-Rico, hasta que fueron entregados por este al canónigo Antonio Guerrero Torrijos, para su incorporación al Archivo Diocesano en 1993.
Sabemos sobradamente como queda reflejado, que don Aurelio fue el último sacerdote de la diócesis-Prioral que habló y vio con vida a nuestro Obispo-Prior Beato Narciso de Estenaga, días antes de ser expulsado este del Palacio Prioral –palacio episcopal-, e inmediatamente terriblemente martirizado y asesinado el 22 de agosto de 1936.
En 1937, la Santa Sede Apostólica, de la cual dependía directamente la diócesis Priorato, al conocer el asesinato de su pastor, nombra Administrador Apostólico para el Obispado-Priorato (en Sede Vacante durante el periodo de 22 –VIII-1936 al 29-XII-1942) recayendo esa onerosa carga en el obispo de Córdoba Monseñor Adolfo Pérez Muñoz, quien a su vez nombra y confirma a don Aurelio  depositario de los fondos de la diócesis-Prioral S.V., así como Notario Mayor  de la curia el 21 de agosto de 1939.
Fue don Aurelio colaborador principal y muy eficaz del Vicario General Sede Vacante Dr. Mariano Martínez Sanz, en la ingente tarea de reconstrucción de la diócesis-Priorato, destruida en gran parte y diezmada de clero suficiente para atender el culto tras la tempestad civil. Sobre este ancianísimo Vicario General, don Aurelio me narró un hecho que le hizo temblar de pánico. Al parecer una tarde al llegar a su casa, sus hermanas le dieron la noticia del fallecimiento del Dr. Mariano Martínez Sanz. Desde la Catedral requerían de su presencia para ayudar a revestirlo antes de introducirlo en el féretro. Hasta la casa del fallecido Doctoral marchó el joven eclesiástico, y tras afrontar la piadosa y a la vez desagradable tarea, se retiró a su domicilio. Ya en su casa, sonó el teléfono dándole la sorpresiva noticia de la muerte del Maestro de Ceremonias y  Sagradas Rubricas de la Catedral Don Raimundo Muñoz y Martínez, capellán a la sazón de las Madres Carmelitas. Muy deprisa marchó hasta el cercano domicilio del finado para revestir por segunda vez con sus ornamentos eclesiásticos a este nuevo difunto. Cuando terminó y ya de vuelta a casa, al pobre don Aurelio le temblaban las piernas, creyendo autosugestionado y angustiado que el próximo sacerdote en ser tocado por la parca sería él. Era un día lúgubre y triste, aquel  8 de febrero de 1943, en un Ciudad Real de posguerra a la espera y esperanza de recibir al recién nombrado Obispo-Prior de las Órdenes Militares Españolas, el entonces Vicario General de la Diócesis de Pamplona Don Emeterio Echeverría, mano derecha del entonces obispo Marcelino Olaechea y Loizaga.
Su intervención destacada en la recuperación e incorporación de los restos profanados de la sagrada imagen de Nuestra señora de las Cruces de Daimiel, adaptados y reinsertados magistralmente en la nueva hechura del cuerpo efectuado en el mismo material –mármol o alabastro- de la Patrona de Daimiel. Brillante asesoramiento patrimonial para su inmediata restauración e incorporación, tal y como lo cuenta él mismo en su libro: “Santísimo Cristo de la Luz y Ntra. Sra. de las Cruces” Cuaderno del Instituto de Estudios Manchegos, Número 15, diciembre de 1984: “…Así era la primitiva imagen de Nuestra Señora de las Cruces, que fue hecha pedazos en la carretera y las inmediaciones del cementerio de Daimiel a últimos  de julio  o primeros de agosto de 1936, una de tantas lamentables  y tristes consecuencias que para todos lleva consigo una guerra entre hermanos llamados a amarse y no a destruirse. Aprovechando la cabeza del Niño, encontrada por Ángeles Garzás, y la de la Virgen, pocos días después por su tía carnal María Garzás Arroyo, ambas muy devotas de Nuestra Señora de las Cruces, que la guardaron celosamente, y con la valiosa información de Dª María Pinilla Chacón, que había sido su camarera durante muchos años, y lo seguía siendo, el artista valenciano D. Lázaro Gumiel[4] esculpió la nueva imagen y en idéntico material, que pudo salir procesionalmente el uno de septiembre de 1939, primer día de sus Ferias y Fiestas…” En el referido estudio hay una fotografía de la escultura y talla de Ntra. Sra. de las Cruces, que ilustra el articulo divulgativo, con un pie de foto que dice literalmente: “Imagen de Nuestra Señora de las Cruces, obra del escultor valenciano D. Lázaro Gumiel, ejecutada en agosto de 1939, con las cabezas del Niño Jesús y de la Virgen procedentes de la rota del siglo XIV.”
El 20 de junio de 1941, une en santo matrimonio a sus tan queridos y admirados vecinos de casas contiguas de puerta, de la antañona calle del Carmen. El prestigioso periodista, humanista y fotógrafo español don Eduardo Matos Barrio, con su esposa doña Sacramento López Arroyo. Celebrándose la ceremonia en la Santa Iglesia Prioral Basílica Catedral de las Ordenes Militares, en el Sacro Camarín de Nuestra Señora del Prado, Fundadora y Patrona de la ciudad y de la Real Casa Española.
El nuevo VIIIº Obispo-Prior de las Órdenes Militares, Monseñor Emeterio Echeverría y Barrena, vio en don Aurelio a su más entregado y fiel colaborador, lo nombra canónigo de gracia de la Santa Iglesia Prioral Basílica Catedral de las Órdenes Militares el 30 de noviembre de 1947, y se publica en el Boletín Oficial del Estado el 26 de enero de 1948, con Orden del 16 de enero, firmada por el ministro Fernández-Cuesta. El Real Consejo de las Órdenes Militares, le asigna en su manto, pico y muceta capitular-canonical, la orden militar de Alcántara, así como en el manteo y traje talar (sotana).  Ascendiendo el 27 de abril de 1950 a Vicario General de la Diócesis-Priorato de las Órdenes Militares, Provisor, y a la dignidad de Arcediano de la S. I. P. B. Catedral de las OO.MM., el 29 de mayo de 1951[5], junto al cargo de Mayordomo del Sacro Camarín de Nuestra Señora del Prado, a la que siempre profesó una inquebrantable y gran devoción.
Nombrado consiliario de la Hermandad del Cristo de la Piedad, establecida canónicamente en la Catedral de las Órdenes Militares.
El Obispo-Prior Echeverría nombró en 1947, al archivero y bibliotecario catedralicio Reverendo don Aurelio Gómez-Rico, miembro nato de la Comisión Artística para la ejecución de la nueva imagen de Nuestra señora del Prado, junto a los canónigos Dr. José Jiménez Manzanares  y Dr. Emiliano Morales y Rivera.[6]
En 1954 recibió a doña Carmen Polo, esposa del Jefe del Estado Español Generalísimo Francisco Franco en su visita a Ciudad Real, a la Parroquia de Santiago y a su párroco ecónomo Padre Javier María de Castro y Díaz.
En la conmemoración de la clausura del Año Mariano en 1954, presidió la concentración de todas las patronas de los pueblos de la diócesis-Priorato en Ciudad Real, rindiendo pleitesía a Nuestra Señora del Prado, Patrona de la capital, donde tuvo un discurso emocionadísimo pidiendo a los fieles, por la salud del Papa Pio XII y por la del prelado Emeterio, convaleciente tras una operación.
Su ejercicio efectivo como Vicario General al frente de la diócesis-Priorato fue magistral y ejemplar. Años después, con la inesperada muerte del Obispo-Prior Emeterio Echeverría, acaecida el 23 de diciembre de 1954, le acerca a don Aurelio un trace y una nube de incertidumbres, ante un edificio del seminario comenzado en sus cimientos, y un sinfín de asuntos que acarrea la muerte de un pastor, para su más inmediato colaborador. En el mismo momento que fallece el Obispo-Prior don Emeterio, su Vicario General se constituye de Sede Plena a Sede Vacante, a la espera que el Papa Pio XII, nombre nuevo Obispo-Prior para Ciudad Real. Y por la peculiar constitución jurídica del obispado, le correspondió regir la diócesis como Vicario General Sede Vacante, quedando al frente de la misma hasta la posesión del nuevo Obispo-Prior. Me lo confesó y yo lo publiqué en mis tres extensos artículos del diario Lanza  publicados el 26, 28 y 29  de diciembre de 1992, bajo el título: EL SILENCIO DE UNA NOCHEBUENA: “…Al señor Vicario General, allí presente confió un encargo precioso a su “dignísimo colaborador inmediato”: “diga, señor Vicario a mis sacerdotes queridos, a mi clero y a mis seminaristas, que si alguna vez he tenido que reconvenir  a alguno, que ha sido en cumplimiento estricto de mi deber, pues me ha dolido mucho, habiéndolo amado de todo corazón. ¡Que me conceda su perdón! Las últimas palabras del pastor agonizante fueron para don Aurelio Gómez-Rico, momentos antes de su muerte: “don Aurelio en sus manos dejo la diócesis y mi alma”.
Su papel fundamental, discreto y tenaz para la fundación de la Obra Apostólica Rural, el cual fue valioso instrumento de evangelización diocesano, entre los numerosos campesinos dispersos por los caseríos de la provincia en la década de los años sesenta.
Varios meses trascurrieron hasta que el Papa Pacelli nombró al entonces obispo de Mallorca como obispo titular de Dora y Prior de las Órdenes Militares el 7 de marzo de 1955, siendo el IXº Obispo-Prior el Dr. Juan Hervás y Benet. Este prelado nombra Pro Vicario General el 25 de septiembre de 1955, cargo que desempeñaría hasta el año 1972.
Nombrado Juez-Delegado del Tribunal Eclesiástico Diocesano para el proceso de Beatificación y Canonización del Obispo-Prior Narciso de Estenaga y Echevarría, y compañeros mártires desde 1956 a 1958.[7]
Pio XII nombra personalmente al Dr. Aurelio Gómez-Rico y Martin de Almagro, junto al Deán de la Santa Iglesia Prioral Basílica Catedral de las Órdenes Militares, Dr. Don José Jiménez Manzanares, Prelados Domésticos de Su Santidad, dado en la Ciudad del Vaticano al Dr. Gómez-Rico el 25 de enero de 1958. El 16 de noviembre de ese año, unió en santo matrimonio a mis padres, don Pedro López de la Franca y Arribas y doña María Gallego Cuevas, al trabajar estos al servicio de su hermano Máximo, en su casa. Lugar donde se conocieron ambos y se enamoraron.  En 1983 y 1986 casó a varios de mis hermanos en la Catedral de las Órdenes Militares, por lo que este anciano y venerable varón eclesiástico, estuvo muy unido a nuestra familia.
En 1966 el Obispo-Prior Juan Hervás y Benet nombró a Monseñor Gómez-Rico miembro de la Comisión  preparatoria de la Coronación Pontifica de Nuestra Señora del Prado, donde su gestión fue determinante y muy efectiva en todos los órdenes. Igualmente su activa, directa y estrecha colaboración con el Obispo-Prior Hervás, y su Secretario Particular el canónigo don Bartolomé  Miquel Díez, en la ingente tarea de los onerosos y meritorios trabajos de restauración general a los que fue sometida la Santa Iglesia Prioral Basílica Catedral de las Ordenes Militares Españolas, en las distintas fases evolutivas que avanzaron desde los años 1955 a 1976.
Monseñor Gómez-Rico recibió su jubilación canónica en el 14 de febrero de 1979, pasando al rango de Arcediano dimisionario. Desde esa fecha se consagró a la meditación, oración, investigación, ensayo y al descanso. Rememorando hechos su dilatada, convulsa y aquilatada vida. Colaborador activo del Boletín de Información Municipal de Ciudad Real[8] y del diario Lanza, así como del Instituto de Estudios Manchegos. Durante la época episcopal del Xº Obispo-Prior Monseñor Rafael Torija de la Fuente, prelado distinguido por su nefasto pontificado salpicado de arbitrariedades y revestido de una dictadura eclesiástica repugnante, el bueno de Monseñor Gómez-rico fue apartado y condenado al ostracismo eclesial de la jerarquía imperante ávida de ambición de poder eclesial. Yo presencié desaires y humillaciones dadas en la Catedral, contra Monseñor Gómez-Rico, dignas de ser contadas en un libro para mayor vergüenza del Cabildo Catedralicio. A tollas ellas respondía con energía, habilidad, inteligencia y destreza. Llegando a padecer la “ocupación” e “incautación” bochornosa de su propia taquilla personal por parte de un compañero del Cabildo, bastante desaforado y que en la década de los años 80 y 90 hacia de ese templo su propia casa deliberadamente, ocasionando discordias dentro del dividido colegio de canónigos. 
Una vida larga y muy laborada en viña del Divino Salvador, plena de obras de amor como su consagración a acrecentar el culto, devoción, riqueza patrimonial, espiritual, artística, eclesial, e histórica de Nuestra Señora del Prado, al ser el creador de su inicial e incipiente museo, enriquecimiento de su Sacro Camarín y Mayordomía, con su nuevas coronas imperiales obras de Puigdollers, ráfagas, Águila Imperial donación del Cronista Oficial  Prof. Alonso. Solo a Mons. Gómez-Rico, se debe la difícil ejecución arquitectónica y devocional, para que pudiera verse nuestra Patrona a través de la ventana de su  Camarín  al exterior del templo y recinto catedralicio, cuando todas las noches manualmente es vuelta la sagrada imagen para que los fieles puedan rezarle en horario nocturno. Todo por idea única y exclusiva de don Antonio Vélez. Así como el envío de cantidades económicas piadosas del legado remanente de la familia Alonso Rodríguez, para la restauración de la iglesia parroquial de Velilla de Jiloca (Zaragoza), origen histórico maravilloso de  nuestra Fundadora y Patrona.  
Hombre prudente y piadoso, introvertido hasta tal punto de pasar verdaderos apuros al verse obligado a tomar la palabra en actos públicos, dada su proverbial timidez para la oratoria. Soportó esto junto con el peso oneroso del gobierno, con entereza y eficacia en sus determinaciones como sabio varón hombre de iglesia.
El Cronista Oficial de Ciudad Real don Francisco Pérez Fernández “Antón de Villarreal”, describía a nuestro peculiar personaje en las famosas Efemérides Manchegas, y muy concretamente en su 2ª serie, con fecha de 10 de abril de 1686 diciendo: “Nosotros queremos mucho y respetamos más a don Aurelio Gómez-Rico y Martín de Almagro, Vicario que fuera del Obispado, en cuyo Cabildo desempeña desde hace varios años la dignidad de Arcediano. Don Aurelio es un daimeleño auténtico, como bien lo proclaman sus apellidos doblemente compuestos. Y don Aurelio, además, es un dechado de virtudes, entre las que nos atrevemos a destacar dos sobresalientes: su ejemplaridad y su modestia. Don Aurelio era visita casi cotidiana en la casa. Con don Aurelio charlábamos sobre historia y arte, materias que dominaba sin alardes. Y luego, en su Daimiel tuvo la gentileza de ofrecernos unas fichas, fruto personal de su personal investigación, que todavía no hemos utilizado para esbozar siquiera la historia de su pueblo, que es el nuestro de adopción. Sin embargo, ¡algún día!...”
La última vez que el Arcediano Emérito, hizo aparición pública fue en su Catedral de las Órdenes Militares, revestido de monseñor de la Santa Romana Iglesia, en el solemne funeral por el alma del Conde de Barcelona S.A.R. Don Juan de Borbón y Battemberg. Donde por mediación personal mía, despidió a la Condesa viuda de Barcelona S.A.R. Doña María de las Mercedes de Borbón y Orleans, la tarde veraniega del 19 de julio de 1993, en el atrio de la puerta del sol, cabe el trono de Nuestra Señora del Prado, la mejor Madre de sus sueños. La fotografía hoy día es un referente testimonial de aquel anciano Arcediano cumplimentando a la madre del Rey Juan Carlos I. 
La prensa local y provincial se hizo eco informando con una pocas líneas sobre el deceso y misa exequial en una breve reseña. Paradójicamente sin embargo don Aurelio, a punto de cumplir los 98 años, resultaba ya un desconocido para aquella sociedad nueva instaurada-acomodada e insensible en Ciudad Real, como un personaje trascendental y fundamental totalmente olvidado por los tiempos inclementes de nuestra desmemoriada e ingrata  historia contemporánea.
La mañana del 15 de septiembre de 1995, esta vez era recibido con honores por el Cabildo Catedral, en silencio y recogimiento en ese mismo atrio catedralicio donde el despidiese años atrás a la Reina Madre. Ahora era la puerta gloriosa de su tránsito de la vida a la muerte. Siendo situados sus restos humanos frente al presbiterio, junto a la sepultura de su Obispo-Mártir y a los pies de la Morena del Prado. Su silla canonical adquirida y sufragada de su propio mecenazgo bajo el santo titular de San Aurelio de Córdoba, obra de los prestigiosos restauradores-escultores hermanos Cruz Solís, se encontraba desposeída de su presencia vital corpórea, a la cual nos tenía habituados y acostumbrados, justo a la Silla Prioral y Cátedra Episcopal Pos Pontificalem.  Aquella mañana inolvidable, tuve el honor de colocar sobre aquel desnudo féretro, su pico capitular como Arcediano Emérito. Resaltando el color verde de aquella antigua cruz afloriseada, alcanzada por los rayos de sol que tímidamente traspasaban las vidrieras de la nave catedralicia, bordada esta piadosamente sobre terciopelo negro, de la ínclita e imperecedera orden militar de Alcántara. Cruz que llevó junto a su corazón y su pecho durante décadas, reflejando en ella los ojos verdosos azulados de Santa María del Prado, recitando plegarias su joven corazón a una Virgen  de los Torneos o de los  Juicios de Dios. A una Señora Madre de Reyes y Emperadores. A una Madonna Batalladora de los tiempos de la defensa de fe y señaladora luminosa de los caminos de la paz. A una Bienaventurada Madre de todos los mortales, que en la paz eterna de aquel verdes Prados del  Edén  sereno, gloriosamente cantado por Gonzalo de Berceo y mistificado por Antonio Gala. Confundido aquel paraíso con los ojos verdes azulados de la Reina de Ciudad Real, a la que se le ha cuajado una sonrisa eternal para los siglos. Pues Ella no está triste, a pesar de que le golpearon las guerras, la iconoclastia, los huracanados e ingratos tiempos de los mortales.
Pero sigue saliendo el sol cada día y Santa María continua sonriendo para quienes quedamos a sus pies. Y siguiendo la dorada senda de sus pasos inmortales, para que no olvidemos a nuestros grandes hombres, que fueron sus defensores, guardianes que la enriquecieron y defendieron, colmándola de inciensos, oro y oraciones como fue el inmarcesible ejemplo de su amado hijo Aurelio Gómez-Rico y Martín de Almagro.








Diario La Tribuna de Ciudad Real, Lunes 18 de septiembre de 1995.


[1] En la introducción que hice a mi libro “El Porta-Paz de Ciudad Real, (realización, robo y parcial recuperación)” Editorial Civitas Regia, Ciudad Real 1999. Daba detallada cuenta de hechos que viví junto con el honorable antiguo Vicario General de la Diócesis Priorato de las Órdenes Militares, en mi larga andadura catedralicia. Deseo trascribirlo ahora para rememorar un hecho trascendental y muy interesante, para hacer valer la notable influencia que este notabilísimo personaje ejerció en mi vida, el cual creo interesante: “…Hace muchos años, oí hablar del PORTA-PAZ de Ciudad Real. Hoy, todavía puedo recordar las primeras palabras sobre él, de un anciano hombre de iglesia, Monseñor Gómez-Rico, testigo relevante de las vicisitudes que tuvo esta importante joya eclesiástica renacentista en los acontecimientos que se generaron a partir de la guerra civil. Su historia nos la relató reiteradamente con tristeza, falleció sin saber el final de esta bella pieza de la platería española. Muchos años más tarde (1985), ayudando a colocar y clasificar variados documentos de importancia al arcediano de la Santa Iglesia Prioral Basílica Catedral de las Órdenes Militares, tropezamos casualmente con un documento original de la tasación que el platero Manuel Francés Soblechero hizo del PORTA-PAZ. Aquel original lo tuve en mis manos y, por diversas circunstancias, fue mezclado entre el extenso corpus documental de Monseñor Gómez-Rico. Archivo del que hicimos severa búsqueda durante largo tiempo, abandonando este seguimiento en el mes de junio de 1994. El arcediano de la S.I.P.B.C. me animó a emprender la recopilación de documentos, fotografías, testimonios, pistas, datos, etc., con la de publicar en el futuro un libro sobre el PORTA-PAZ. Así lo hice y poco a poco reuní un abundante material que fui guardando en distintas carpetas, hasta su culminación en 1995…”.

[2] El nombramiento canónico transcrito: Nos el Dr. Frey D. Narciso de Estenaga y Echevarría, por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, Obispo titular de Dora y Prior de las Órdenes Militares de Caballería de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa, profeso del Hábito de la de Santiago, Caballero de la Órden de la CORONA de Bélgica y de la de POLONIA RESTITUTA, correspondiente de las Reales Academias de la HISTORIA y de la de BELLAS ARTES de San Fernando, etcétera, etcétera. A nuestro muy amado en Jesucristo, el Presbítero D. Aurelio Gómez-Rico y Martín de Almagro. Por cuanto Nos habéis presentado en debida forma una Real Célula fechada en Palacio a dos del corriente mes de enero, por la cual Su Majestad el Rey (q. D. g.) en su calidad de Gran Maestre y Administrador perpetuo de las Ordenes Militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa se ha dignado elegiros y nombraros para el Beneficio con cargo de Archivero Diocesano vacante en esta Santa Iglesia Prioral por defunción de D. Luis Alcázar Rodero; Nos usando de las facultades que la Bula AD APOSTOLICAM nos concede, os conferimos el expresado Beneficio y os instituimos en el mismo por la imposición de un bonete sobre vuestra y la fórmula acostumbrada, encargándoos paséis a residirlo y servirlo según estáis obligado y en la citada Real Cédula se os previene. Y atento a que habéis prestado la profesión de fe correspondiente, así como el debido juramento de cumplir bien y fielmente las obligaciones del repetido Beneficio y de obedecer y ser fiel al Romano Pontífice, a Nos y a nuestros sucesores que por tiempo fueren, encargamos y mandamos al Excmo. Sr. Deán y Cabildo de esta santa Iglesia Prioral de las Cuatro Órdenes Militares que, vistas estas Nuestras Letras, y previo el juramento de desempeñar bien y fielmente las obligaciones de vuestro cargo, se os reciba y admita como tal Beneficiado, dándoos asiento y puesto en el coro y demás funciones, contribuyéndoos con la renta, distribuciones, emolumentos, derechos y honores que en tal concepto os correspondan y manteniéndoos y poniéndoos en la plena y pacifica posesión de todo ello. Dadas en Ciudad-Real, firmadas por Nos, selladas con el mayor de Nuestras Armas y refrendadas por Nuestro infrascrito Secretario de Cámara y gobierno a diecinueve de Enero de mil novecientos treinta y uno. +Narciso, Obispo-Prior. Por mandato de su Excia. Rvdma. el Obispo Prior, mi señor. Dr. Pedro F. de Sevilla. Deán-Srio.”
[3] El nombramiento canónico dice así: “OBISPADO-PRIORATO DE LAS ORDENES MILITARES. CIUDAD REAL. Aspirando, como es nuestro deber, a normalizar la Administración General de Capellanías vacantes, cuyo funcionamiento se ha resentido no poco en los últimos años, entre otras razones principalmente, por la anormalidad económica proveniente de la resistencia al pago de los llevadores de las tierras, que ha encontrado ambiente propicio en los últimos trastornos políticos-sociales, y teniendo en cuenta las cualidades que en Ud. concurren, venimos en confiarle dicha administración con todos los derechos y deberes a ella anejos, esperando que pondrá todo su esfuerzo en dar cima a las dificultades que surjan y rogándole Nos dé cuenta periódicamente de la marcha de la reorganización administrativa. Dios guarde a Ud. Muchos años. Ciudad Real 7 de Diciembre de 1934. Firma: Narciso, Obispo-Prior. Rdo. Sr. Don Aurelio Gómez-Rico y Martín de Almagro, Beneficiado de la Santa Iglesia Prioral.”
[4] Monseñor Gómez-Rico consigna por error el origen del artífice, así como da como valido el apellido interponiéndolo como nombre. Realmente según mis indagatorias, se trata del prestigioso escultor don Jenaro Lázaro Gumiel, nacido en Villalengua (Zaragoza) el 28 de octubre de 1901 falleciendo el 17 de febrero de 1977. 
[5] Su decreto de nombramiento: “Nos el Lic. Don Emeterio Echeverría Barrena, por la gracia de Dios y de la santa Sede Apostólica, Obispo de Dora, Prior de las Cuatro Órdenes Militares. Al EXCMO. sr. DEAN Y CABILDO DE LA SANTA IGLESIA PRIORAL DE LAS CUATRO ORDENES MILITARES, SALUD EN EL SEÑOR.
Habiéndonos exhibido el Muy Ilustre Sr. Don Aurelio Gómez-Rico y Martín de Almagro, Canónigo de esa Santa Iglesia Prioral, una Bula de la dataría Apostólica, fecha 3 de abril próximo pasado, por la que su Santidad le confiere, conforme al Convenio vigente entre la santa Sede y el Gobierno español, la dignidad de Arcediano vacante por fallecimiento del Muy Ilustre Sr. Don pablo Torquemada Rodríguez, damos mandato y comisión a ese Excmo. Cabildo Prioral para que con arreglo a sus Estatutos ponga al agraciado en posesión de la referida Dignidad de ARCEDIANO, por cuanto ante Nos ha prestado la profesión de fe y juramento de derecho. Dadas en Ciudad-Real a 26 de Mayo del año del señor mil novecientos cincuenta y uno. +Emeterio, Obispo-Prior. Por mandato de Su Excia. Rvdma. el Obispo Prior, mi Señor. Tomás Fernández, Pro-Srio”
[6] En una carta remitida por don José María Rausell Sanchiz, elaborada sobre el papel timbrado que utilizaba su propio padre, me da cuenta de datos relevantes  e históricos de importancia capital, y la cual trascribo al hacer referencia a Monseñor Gómez-Rico: “ESTUDIO DE ESCULTURA Rausell y Lloréns. Plaza del Pintor Pinazo, 1, bajo (antes Plaza del Picadero). IMÁGENES, ANDAS, ALTARES, TRONOS, ARTE RELIGIOSO DE TODA CLASE. Valencia 18-3-94   Sr. Don José López de la Franca y Gallego. Estimado amigo, la razón social Rausell y Llorens, estaba formada por José Mª Rausell Montañana y Francisco Lloréns ¿ [Ferrer], aunque trabajaban juntos cada uno tallaba su escultura, y todas ellas eran decoradas por D. Juan Castellano que tenía su taller en una pequeña travesía [calle Flora] de la calle Alboraya de esta ciudad. Creo que sus mejores obras son el apostolado del retablo mayor de la Catedral de las Órdenes Militares en Ciudad real. Don Emeterio Echeverría entonces Obispo Prior hizo al Sr. Rausell el encargo de la Virgen del Prado, nombrando una comisión encabezada por Don Aurelio Gómez-Rico, Don José Jiménez Manzanares y Don Emiliano Morales quienes aconsejaron e hicieron un seguimiento muy de cerca de su realización; mi padre puso su mayor empeño e ilusión y tras muchas dudas y problemas, dijo quedar satisfecho de su obra. Esta imagen de la Virgen del prado asi como el apostolado fueron costeados por el Gobernador Civil d. Jacobo Roldan, el coste de la imagen de la V. del Prado fue de 17.000.pts, siendo propiedad material del Cabildo Catedralicio y el Prelado. Conservo con cariño las notas de mi padre sobre rasgos medidas, color etc.  del rostro de esta imagen, cuya fotocopia te adjunto. Con afecto José Rausell (hijo).”
[7] Es interesante leer la expresiva dedicatoria de uno de sus libros, la cual me tributó como homenaje de mis servicios prestados a su persona como asistente y secretario particular desde 1988 a 1994. La dedicatoria de su propia mano dice: “Al piadoso y laborioso José López de la Franca y Gallego, devoto excepcional de la Santísima Virgen del Prado, promotor incansable de la Causa de Beatificación del Obispo Mártir  el Siervo de Dios Monseñor Narciso de Estenaga  Echevarría, Prior de las Órdenes Militares  y de su Capellán. Con afecto, cariño y respeto. A. Gómez-Rico. Ciudad Real 29 de marzo 1.993.”
[8] Es notable su estudio riguroso y que ha servido a historiadores para posteriores investigaciones sobre la profusa ICONOGRAFIA DE NUESTRA SEÑORA DEL PRADO, publicado en el Boletín de Información Municipal  de Ciudad Real en el año 1971.

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