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lunes, 4 de abril de 2016

NUESTRA CATEDRAL IMAGEN DEL PARAÍSO



Dedicado a la memoria del M.I. Sr. Dr. Don Juan ángel Oñate Ojeda, canónigo doctísimo de Burgos, Magistral y Chantre que fue durante muchísimos años de la S. I. Catedral Metropolitana de Valencia. En gratitud a su impagable amistad y ciencia derramada en mis años de juventud. Hoy ante su inconmensurable figura intelectual y humana, como uno de los hombres más sabios y cultos que yo he conocido, muy especialmente como el más perfecto estudioso, conocedor y divulgador de la historia del Santo Grial, existente sobre la faz de la tierra.






Olvidemos por unos momentos las preocupaciones que nos inquietan y sumerjámonos en la contemplación de nuestra catedral, asentada para fijar la certeza de las verdades de la fe, sin sombra alguna de duda.
De lejos, con sus ventanales, sus contrafuertes, y su torre, se asemejan a una poderosa nave que ha realizado un largo viaje. Toda la ciudad puede embarcar sin temor. Al abrigo de sus robustos muros. Aproximémonos.
En su retablo mayor, nos encontramos con Nuestro Señor Jesucristo, así lo ve todo hombre que viene a este mundo. Él es la clave del enigma de la vida. A su alrededor está escrita la respuesta a todas nuestras preguntas. Aprendemos cómo el mundo comenzó y cómo acabará, las sagradas imágenes, cada una de ellas simboliza una era del mundo, nos dan la medida de su duración. Tenemos ante nosotros todos los hombres cuya historia merece la pena conocer. Aquellos que, bajo la antigua o Nueva Ley, fueron figuras de Jesucristo; porque los hombres no existen sino en cuanto son participes de la naturaleza del salvador. 
Los otros –reyes, emperadores, mecenas, filósofos, historiadores, poetas- no son nada más que nombres, sombras vanas. Así se nos tornan claros el mundo y su historia.

Pero nuestra propia historia está escrita junto a ese vasto universo. En ella aprendemos que nuestra vida debe ser un combate, lucha contra nosotros mismos en todo momento.
De lo alto de los cielos, los ángeles extienden coronas a aquellos que trabaron el buen combate.
¿Existe aquí lugar para la duda o, incluso, simplemente para la inquietud espiritual?
Penetremos en nuestra catedral. La sublimidad de sus grandes líneas verticales actúa inmediatamente sobre el alma. Es imposible entrar en la gran nave de la Santa Iglesia Prioral Basílica Catedral de las Órdenes Militares, sin sentirse purificado. Sólo por su belleza, la iglesia ejerce el efecto de un sacramento. De nuevo, encontramos una imagen del universo. La catedral, como la planicie, como el bosque, tiene su atmósfera, su perfume, su luz, su contraluz, sus sombras.
Al caer la tarde, su gran rosetón, detrás del cual el sol se pone, parece ser el propio sol dispuesto a desaparecer en la lejanía de un bosque maravilloso. Nos vemos envueltos en un mundo trasfigurado en el cual la luz es más brillante que la de la propia realidad, en donde las sombras son también misteriosas. Nos parece estar ya en el seno de la Jerusalén celestial, de la ciudad futura. Degustamos la paz profunda, el tumulto de la vida se quiebra en los muros del santuario de Nuestra Señora del Prado, y se reduce a un rumor lejano: es el arca indestructible, contra la cual no prevalecerán las tempestades. Ningún lugar del mundo llena al hombre de un sentimiento de confianza tan profundo.
Símbolo de la fe, la catedral es también símbolo del amor. Su cátedra episcopal le da vida propia, pues la catedral nos expresa la sucesión apostólica de nuestros Obispos-Priores de las Órdenes Militares Españolas. En nuestra catedral todos trabajaron, el pueblo de esta Ciudad de Reyes, ofreció lo que poseía, sus robustos brazos. Engarzado a las carretas, cargó piedras sillares sobre sus hombros. Tuvo la buena voluntad de San Cristóbal.
El burgués dio su dinero, el conde su tierra, el mecenas sus riquezas para abrazar el sueño de un templo levantado al amor de Nuestra señora del Prado, para apartarla de torneos, palacios y de batallas, hasta que el maestro constructor aportó su genio y arte. Durante varios siglos, todas las fuerzas vivas de la nación colaboraron, algunos cardenales Primados muy ambiciosos trazaron un templo inconmensurable, lleno de sueños, de ahí la vida que irradian estas obras eternas y desafiantes al tiempo.
Hasta los muertos se asociaron a los vivos, la catedral fue pavimentada con lapidas sepulcrales de sus Obispos-Priores; las viejas generaciones, con sus manos juntas como fueron sepultados, y así continúan, rezando en la vieja iglesia catedral, templo principal de la anciana diócesis Prioral o Priorato de las Ordenes de Caballería de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa.
En ella el pasado lejano y el presente fugaz, se unen en un inmenso sentimiento de amor, cabe el trono de su Reina y ante la sublime y divina mirada de Nuestra Señora del Prado, Fundadora, Patrona de Ciudad Real y Restauradora de las Dos Castillas.

Nuestra catedral fue, es y será la conciencia de esta nuestra ciudad.





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